Mail: sergiosinay@gmail.com
Todos los seres humanos son iguales, pero no todas las personas lo son. Esta frase parece una contradicción. Pero no lo es. Nacemos humanos. Esto tiene que ver con la especie a la que pertenecemos dentro del ordenamiento de la Naturaleza. Compartimos características y atributos que nos definen. Somos humanos de la misma manera en que los gatos son felinos, los perros son caninos, los caballos son equinos o los elefantes son paquidermos. A partir de ahí, señalaba la filósofa alemana Hanna Arendt (1906-1975), debemos convertirnos en personas. Arendt, que huyó del nazismo, se convirtió en ciudadana estadounidense y fue una de las mentes más luminosas del siglo XX, decía que accedemos a la categoría de persona cuando ejercemos la palabra y el pensamiento, dones exclusivos de los humanos. Pensar, según ella, es dialogar con uno mismo (coincidía en esto con Platón). Y la herramienta esencial del diálogo es la palabra. Estos dones no se ejercitan de modo automático. Hay que activarlos. Requieren voluntad y responsabilidad. Es decir, la decisión de ponerlos en marcha, y la actitud de responder a las consecuencias de nuestras acciones a partir del momento en que pensamos y hablamos.
Un ser humano se convierte en persona, de acuerdo con esta mirada, cuando reflexiona sobre sí mismo, sobre el curso de su vida, sobre su lugar en el universo y sus deberes en la sociedad de la que forma parte. El humano es, ante todo, un animal pensante apunta Arendt en “Responsabilidad” (ensayo incluido en la compilación “Responsabilidad y juicio”). Y al dialogar consigo mismo descubre lo que está bien y lo que está mal, lo que debe y lo que no debe hacer. Se autolimita, explica la filósofa, porque sabe que no se puede todo, que vive entre otros. Este es el principio de la moral. De los valores. De la responsabilidad.
DOS VISIONES DE PERSONA
Por ese camino que Arendt describe y explora un ser humano llega a ser persona. Desde esta perspectiva filosófica la persona es una construcción. También lo es, pero de una manera distinta, según la explicación de Carl Jung (1875-1961), el médico y psicólogo suizo que fundó la psicología arquetípica (corriente que estudia los modelos profundamente arraigados en el inconsciente colectivo de la humanidad, sobre los cuales cada individuo desarrolla su singularidad). Jung tomaba la raíz latina de la palabra persona, que describía a la máscara que cubría el rostro de los actores en el antiguo teatro griego. El espectador no veía el rostro sino la máscara, y la voz del actor resonaba a través de un pequeño agujero en la misma. “Personare” significaba hacer sonar la voz, y ese sería el origen de la palabra “Persona”, que denominaba a la máscara.
Nos construimos como la persona que dialoga consigo misma, que piensa, que se vale de la palabra, que adquiere valores y los vive. Nos hacemos la persona que seremos ante los ojos del mundo, la que hablará con nuestra voz más profunda a través de la máscara que nos viste para no salir desnudos
También nuestra personalidad es una carátula, sostenía Jung. Con ella nos presentamos en el mundo y ante los demás, pero aquello que de veras somos (el “Sí mismo” de cada quien, algo cuyo conocimiento pide una inmersión profunda) estará siempre entre bambalinas, y no solo por un ocultamiento voluntario, sino porque jamás emergerá desde la hondura del inconsciente, donde permanece ajeno a nuestra percepción. Ser persona, en versión jungiana, es mostrar ante los otros una versión de nosotros mismos que nos permita relacionarnos, funcionar en el mundo, ser aceptados. Detrás de la máscara, en lo que el psicólogo suizo llamaba la Sombra, queda oculto aquello que rechazamos de nosotros, lo no aceptado o lo no percibido. Requiere un profundo, constante, consciente y a menudo doloroso trabajo de autoconocimiento poder echar luz en esa Sombra, atravesarla para ir al núcleo de nuestra identidad y reconocer quiénes somos.
Tanto desde la propuesta filosófica de Arendt como desde la psicológica de Jung, la persona no nace, se hace. Y en ambos casos, y de distintas maneras, esa hechura es por mano propia. Nos construimos como la persona que dialoga consigo misma, que piensa, que se vale de la palabra, que adquiere valores y los vive. Nos hacemos la persona que seremos ante los ojos del mundo, la que hablará con nuestra voz más profunda a través de la máscara que nos viste para no salir desnudos.
No terminan aquí, ni mucho menos, las disquisiciones acerca de qué es una persona y de qué significa serlo. Se discute y se piensa mucho sobre ello, no solo en la filosofía y en la psicología, sino también en la teología, en el derecho, en la literatura. Pero acaso pocas veces como en este tiempo, la palabra haya sido tan desvirtuada y vaciada de sentido como cuando se nos apabulla incesantemente con la invitación a “personalizar” teléfonos celulares, fundas de esos mismos aparatos, computadoras, pantallas de inicio, pantallas de fondo, autos, cuentas bancarias, comidas, programación televisiva o maneras de vestir, entre tantas otras cosas.
LA IGUALDAD DE LO DISTINTO
La “personalización” que se nos propone consiste en optar por formatos, dibujos, colores y otras variantes diseñadas por alguien que no nos conoce, que jamás nos vio ni nos verá, que ignora quiénes o cómo somos. Se trata de ordenar a los individuos en casilleros donde los agrupará la ilusión de ser diferentes mientras cada vez se parecen más entre sí. Como señala el ensayista y crítico cultural británico Terry Eagleton, cuando más se extiende la singularidad, menos singular es. “Personalizar” es una manera de uniformizar. La moda de ser “distintos” termina por hacer a todos iguales, imposibles de distinguir unos de otros. Pasa con los celulares, las pantallas, la música, los tatuajes, los peinados raros que dejan de ser raros, los piercings, el lenguaje, la ropa, el “tuneo” de los autos y los largos etcéteras que se pueden agregar.
La fiebre por “personalizar” termina entonces por adormecer o acallar las voces y búsquedas propias de cada individuo, por silenciar el diálogo interno, por alejarlo de la conducción de su propia vida para sumarlo a un desfile de existencias prediseñadas y uniformizadas que se ofrecen como “originales” cuando originalidad es lo que menos tienen. Una vez instalado en ese estándar, el ser humano permanece como integrante de la especie, pero la persona, con todo lo que significa, se diluye. Por otra parte, al aceptar este tipo de “personalización” despersonalizada cada individuo se convierte en un simple dato que será tomado en cuenta para orientar la comercialización y el consumo de “novedades” supuestamente singulares y “únicas”. Los formatos de “personalización” menos elegidos serán dados de baja y los más escogidos se ofrecerán en nuevas variantes para que el festival de consumo despersonalizado no decaiga.
A ningún miembro de otra especie se le ofrecen la oportunidad y las herramientas conque los humanos contamos para hacer de nuestras vidas algo más (mucho más) que un mero proceso vegetativo y reproductivo. Es decir, pensar, dialogar, construir encuentros, explorarnos a nosotros mismos y al contexto que integramos, ir hacia el otro, dejar huellas, trascender, elevarnos desde la simple base biológica hacia la condición de persona. Una extraordinaria aventura existencial de la que cada uno es responsable. No hay mapas prediseñados para vivirla, porque cada persona (cuando alcanza esa condición) es única y debe dibujar su propio mapa durante el viaje.
(*) El autor es escritor y periodista. Sus últimos libros son "Inteligencia y amor" y "Pensar"
SUSCRIBITE a esta promo especial