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Una noche íntima con los antihéroes de la farsa del rock

Con entradas agotadas, y una nueva fecha pendiente para fin de mes en la misma sala platense, el fenómeno Babasónicos pasó por el Coliseo Podestá, en el marco de la gira con la que celebra 25 años en contra de las convenciones del rock and roll

Por Redacción

La banda presentó “Impuesto de fe” en el Coliseo, repaso íntimo por una carrera que lleva 25 años desafiando convenciones

Por

PEDRO GARAY

Babasónicos paró en La Plata para continuar con las celebraciones de sus 25 años de vida. Pero la banda de Lanús no es tu habitual banda de rock, y, durante las dos horas que duró el show en el Coliseo Podestá, se dedicaron a la deconstrucción: brindaron los hits de ayer y hoy con infinitas vueltas de tuerca, y, sobre todo, se rebelaron como siempre contra la farsa del rock, la del público pogueando y coreando, con una fiesta íntima.

Así es el espíritu de “Impuesto de fe”: el formato-disco que encargaron a los Babásonicos para su aniversario que debía ser un repaso de sus himnos en formato acústico-burgués y que la banda de Lanús transformó en un evento teatral donde deconstruyeron, recombinaron y resignificaron sus viejos temas, deshilachando dos o tres capas de la desfachatez de los jóvenes noventa (aunque se trata más de una novedosa forma de reversionarse que de una desafiante ruptura con el pasado) pero ganando en sofisticación y, sobre todo, sin perder la sexualidad que la banda, Dárgelos y su lírica siempre exudaron.

El frontman de la banda hipnotiza sobre el escenario una vez más, aunque esta vez se deshace de la provocación explícita, sólo apta para mayores de 18, que caracteriza los shows de la banda, y susurra al oído eróticas estrofas que restablecen el viejo idilio del público argentino -y platense: agotaron la función del sábado por la noche y forzaron una nueva para el 23 de octubre- con los Baba.

Lejos del frenesí del gran show de estadio, estos desmitificadores decidieron pasar sus 25 de manera íntima, como en un intento de desnudarse de pretensiones (o arroparse de desnudez) en el siempre apócrifo mundo del ROCK, así, con mayúsculas, institucionalizado.

LA MADUREZ

Una rebeldía de lo establecido que los llevó a una madurez de su sonido todavía debatida en el siempre disconforme mundo del rock: en los últimos discos del combo hay menos gestos y desprolijidad ansiosa (gestos que supieron ser épica generacional, de todos modos, desde “D-generación” a “Egocripta” y “Desfachatados”); y en su lugar surgió una meticulosa búsqueda por arreglos que revelan el talento y la erudición musical de un grupo que combina irrespetuoso, desde las orillas, influencias tan inhabituales como Ennio Morricone, el pop español e italiano de los 60, Sandro, Giorgio Moroder y Phil Spector.

Arreglos que también revelan la risa, aunque también algo de regocijo, sobre esa erudición: “Todos en el mundo somos grasas, solo que unos los disfrutan”, después de todo. Hoy, cuando la rebeldía es puro marketing, Babasónicos, la banda que rompió los moldes con cada aparición durante los 90, deja que la música hable por ellos.

En “Impuesto de fe” aparece la misma preocupación profunda por el sonido antes que las superficies presupuestas del rock. Una puesta despojada y un sonido casi preciosista irradian climas y sensaciones en los arreglos que desarreglaron himnos como “Yegua”, “El colmo” y “Puesto”, jugando con sonidos freaks, marginales del rock (flautas, vibráfonos, saxofones, una lap Steel Guitar, un Theremin, en los que se turnaron los todocampistas de la banda, Diego Rodríguez y Carca). Y con Dárgelos cantando entre la gente, en modo casi “crooner”, sumado a las hilarantes intervenciones de un Carca, que llevó la intimidad a alturas casi místicas y lisérgicas, como si se tratara de una noche de algún tipo de ritual prohibido y esotérico.

Matizando la sensualidad sugerida con momentos de calor casi sofocante para las damas de la platea del Coliseo y ritmos que promovieron ocasionalmente el “bailongo” (como el medley del cierre “Zumba”, “Yoli”, “Viva Santana” y “La Roncha”, “Sin mi diablo” o la versión ranchera de “Soy Rock”), la noche brilló como un rubí en esos momentos de construida desnudez, y la cereza del postre fue una soñada interpretación de “Camarín”, con su lisérgico interludio y la irrupción de Dárgelos en los palcos para cantar junto al público el dulce puente, retrato de la eterna caminata por la cuerda floja que Babasónicos, por momentos, pareció transitar con éxito: ser “tan freak y tan popular”.

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