Halloween es una tradición celta que se celebraba entre el 31 de octubre y el 1 de noviembre. La llamaban “Samhain” y marcaba el fin de la temporada de cosecha y el inicio de un “año nuevo” que empezaba en la época más oscura.
La idea matriz de la celebración era que en esta época la línea divisoria entre los vivos y los muertos se hacía más difusa y, por ende, se podían mezclar en la tierra.
Los espíritus de los familiares eran invocados para homenajearlos. Por el contrario, se intentaba ahuyentar los espíritus malignos con disfraces y colocando linternas especiales para la situación en las entradas de las casas. Luego, esa costumbre trasmutaría en las clásicas calabazas iluminadas.
A principios del siglo XX, por influencia de inmigrantes escoceses e irlandeses, Halloween se empezó a festejar en Estados Unidos. Luego, publicistas le encontraron la veta marketinera y descubrieron en la celebración una oportunidad para el comercio: aparecieron máscaras, trajes, pinturas, elementos de decoración y cotillón acorde al festejo.
También la industria cinematográfica supo sacarle provecho: una gran cantidad de films de terror tienen a esta celebración como tema. También algunas sátiras y comedias.
Propuestas novedosas
Cada año publicistas encuentran en esta pintoresca celebración una oportunidad para llamar la atención. Este 31, por ejemplo, el Castillo de Bran (la fortaleza transilvana en la que se inspiró la novela Drácula) abrirá sus puertas para recibir huéspedes. Es la primera ocasión en la que alguien dormirá ahí desde 1948. La idea fue impulsada por la firma Airbnb. Los invitados recibirán una cena y vino. Después dormirán en ataúdes forrados de terciopelo rojo, como, según cuenta la leyenda, acostumbraba el conde.
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