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Deliciosa velada con un actor de lujo

Por Redacción

El emblemático intérprete pasó por Argentina y brindó dos funciones memorables de su unipersonal en el Teatro Colón

Por

Irene Bianchi

Una noche mágica para todos los amantes del teatro, del cine, de la actuación. Una figura emblemática como Al Pacino, en el increíblemente bello marco del Teatro Colón, con un entrevistador de lujo como Iván de Pineda.

Como se dice vulgarmente, éste no fue un “choreo” de una “celebrity” que viene a poner la cara y hacer unos manguitos/dólares/euros. Muy por el contrario, Al Pacino dio una clase magistral sobre su oficio en particular, y sobre la vida en general.

Se lo vio alejado de toda solemnidad y soberbia. Simple, espontáneo, ocurrente, divertido, Pacino se manejó a sus anchas en ese escenario, improvisando por momentos, para luego volver al guión pautado por Marcos Carnevale, que hilaba pasajes de sus películas más conocidas, con entretelones de la gestación de los personajes.

Por lo que cuenta este talentoso actor, su motor primordial es la intuición, el instinto. Confiesa que no podría haber sido otra cosa, que siempre le resultó “fácil” actuar. Si bien pasó por el legendario y prestigioso Actor’s Studio, regido por el método de Lee Strasberg, su brújula a la hora de componer fue siempre el olfato, la observación y, por sobre todas las cosas, la naturalidad. Un actor debe trasmitir verdad, insiste, así de simple y de complejo a la vez.

Si bien fue el cine el que lo catapultó a la fama, es evidente que su gran amor fue y sigue siendo el teatro, su verdadero “hogar”, un lugar en el que se asumen riesgos, y “se corre peligro” cada noche, cada función. Ahí lo descubrió Francis Ford Coppola y le ofreció un personaje que marcó su vida: Michael Corleone, a pesar de la resistencia de tantos actores y productores del momento, que no creían que tuviera el adecuado “physique du rôle”. Ni él entiende aún hoy porqué tuvo ese raro privilegio. Para los “feos y petisos” como él, reconoce que Dustin Hoffman (“El Graduado”) cambió el estereotipo del lindo, alto, rubio de ojos celestes.

Gran amante de William Shakespeare, el film que dirigió “Buscando a Ricardo III”, es una maravillosa metáfora del oficio del actor. Una joya imperdible para quienes deseen espiar el “backstage”, el meticuloso trabajo de quienes aborden un texto teatral, y a la vez una clara y contundente demostración de la extraordinaria vigencia y modernidad de ese autor, de quien celebramos este año el 400º aniversario de su muerte.

Bromeó e ironizó sobre los Oscars (tuvo incontables nominaciones y sólo uno por su rol en “Perfume de Mujer”), sobre la industria cinematográfica, sobre el “cine arte” (tan necesario como poco taquillero), siempre con un bajo perfil, nunca tomándose demasiado en serio, intercalando chistes y anécdotas muy graciosas y festejadas.

Hubo también un relajado ida y vuelta con el público. A una joven emocionada hasta las lágrimas que le preguntó acerca de su opinión sobre la mujer, Pacino respondió galantemente con un romántico poema de E.E.Cummings: “You open always petal by petal myself as Spring opens.” (Me abres pétalo por pétalo, como se abre la primavera).

Como no podía ser de otra manera, Al Pacino finalizó su presentación del sábado en el Teatro Colón con un monólogo. Se puso en la piel de “Hickey”, de la obra de Eugene O’Neill, “The Iceman Cometh” (Viene el Hielero), un “outsider” una suerte de excluído, de “loser”, como la mayoría de sus personajes políticamente incorrectos.

Y el broche de oro, ese tango memorable de “Perfume de mujer”, interpretado por un ensemble compuesto por Ezequiel Fautario, Nicolás Maceratesi, Juan Almada, Julieta Luchetti Favero, Constanza Goldenberg Thiery, Eugenia Massa, Marina Arreseygor, con arreglos musicales de Augusto Arias y dirección de Ezequiel Fautario, con la bailarina Judith Kovalowsky.

“An evening with Pacino”: una velada deliciosa y absolutamente memorable.

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