Bonifacio de Ragusa describió la apertura de la tumba en el siglo XVI, y según los historiadores de la época, sobre el enterramiento, se encontró un trozo de madera que se dividió en tres partes: uno de los pedazos fue enviado al papa Pío IV; otro al emperador Carlos I de España y V de Alemania; y el tercero y último se conserva en Jerusalén en la Custodia Franciscana.
De Ragusa explicó también que encontraron en la roca unos frescos que se desintegraron al entrar en contacto con el aire. “Se ofreció a nuestros ojos el sepulcro del Señor de modo claro, excavado en la roca. En él vimos representados dos ángeles, uno de ellos con una inscripción que decía: “Ha resucitado, no está aquí”, mientras que el otro, señalaba al sepulcro y proclamaba: “He aquí el lugar donde fue depositado”.
En 1555, el también custodio de los Santos Lugares logró de Solimán el Magnífico permiso para restaurar el edículo anterior, que databa de la época de las Cruzadas y se encontraba en un estado deplorable.
Según las crónicas de la época, sobre la tumba se halló también una tela con unas letras grabadas apenas legibles. De un pergamino que estaba junto a los restos de madera, pudieron extraer las palabras “Helena Magni”, inscripción que algunos estudiosos interpretan como parte de un texto en el que podría leerse “Helena, madre del gran Constantino”, confirmando así que se trataría del lugar donde Helena de Constantinopla, la madre del emperador romano, señaló en el año 326 como el lugar donde enterraron a Cristo.
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