A fines de septiembre, dos meses después de que fue internada por primera vez, los médicos dijeron que Ashley ya no tenía infección alguna. Entonces su madre le vendió las medicinas que la familia le había dejado a las madres de otros pacientes, y usó parte del dinero para hacer el ultrasonido de Ashley en una clínica privada y guardó al resto para tratamientos futuros.
Los dos padres agotaron el crédito de sus tarjetas y pidieron prestado todo lo que pudieron a sus familiares. Comían una sola vez al día y vendieron la heladera, el televisor, el teléfono celular de Oriana y la Play Station de los niños.
Al volver a los controles, una doctora les dio más malas noticias. Ashley tenía un hongo en los pulmones y necesitaba una medicina que ya no se conseguía en Venezuela y debería permanecer hospitalizada mientras los médicos veían qué podían hacer.
“¿Qué me quiere decir con eso de que necesita medicinas que no se pueden conseguir aquí? -respondió el padre- al menos deme el nombre, así puedo buscarla. No me diga que la necesita y que no existe”.
Hoy, los padres buscan fundaciones internacionales y formas de importar las medicinas, y hacer llegar recetas médicas a Miami, aunque costaría más del sueldo de un mes. De eso depende todavía la vida de Ashley.
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