Quizá el sistema educativo deba perderle el miedo a los exámenes. La palabra “evaluación” debería volver a rimar con “educación”. Y los resultados de esas evaluaciones deberían ser tomados como herramienta de trabajo y no descalificados con argumentos estereotipados.
Esto viene a cuento de la resistencia que genera entre los gremios docentes de la Provincia la evaluación que se piensa hacer este mes para conocer el nivel en que se encuentran los alumnos.
Puede haber aspectos metodológicos opinables; puede ser que la instrumentación del examen merezca fundados reparos. Pero lo que no debería descalificarse, como idea de fondo, es la necesidad de evaluar la calidad educativa de los alumnos; así como también de los docentes, de los directivos y de las propias escuelas como instituciones.
Si no se evalúa, es difícil saber dónde estamos parados. Y sin diagnósticos ajustados y confiables, es muy difícil mejorar las cosas. De eso se trata: de buscar herramientas y puntos de partida para mejorar la educación pública. Y las evaluaciones son el primer paso.
Lamentablemente, en Argentina no hay tradición ni cultura de evaluación educativa. Y se ha instalado una resistencia a estos sistemas que no le hace ningún favor a la calidad de la enseñanza pública.
Varias universidades -entre ellas las de La Plata- hacen “docencia” en esta resistencia a ser evaluadas. Cada vez que se conocen rankings de universidades, las voces que se alzan aquí son para descalificar los rankings; no para hacer autocrítica ni para asumir desafíos.
Otra vez: quizá la evaluación que se propone no esté bien instrumentada. Eso no invalida la idea de evaluar.
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