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La historia de Ashley: cuando sin remedios un raspón puede matar

El padecimiento de una familia en un país donde conseguir un antibiótico resulta una misión casi imposible.
Maikol Pacheco, el papá, junto a la pequeña Ashley en el hospital. Por una infección, todavía su vida sigue en peligro

Por Redacción

La vida en Venezuela puede ser peligrosa para la gente sana y resultar directamente mortal para quienes se enferman. Es lo que casi le sucede a una nena de 3 años llamada Ashley Pacheco, a quien un simple raspón en la rodilla casi le cuesta la vida.

Es que cuando ocurrió, sus padres hicieron lo habitual, le dieron un abrazo, le limpiaron la herida dos veces con alcohol, y pensaron que estaba todo resuelto.

Sin embargo, dos semanas después la niña se retorcía de dolor en la cama de un hospital. Le costaba respirar e imploraba a sus padres que le llevasen agua. La madre se quedó con ella día y noche en el hospital, y se aseguraba de que tuviese el estómago vacío en caso de que pudiese adelantarse a cientos de pacientes para ser operada de urgencia en una de las pocas salas de operaciones que funcionaban, mientras su padre buscaba antibióticos por toda Caracas para combatir la infección. Pero no tenían idea de lo mucho que iban a empeorar las cosas.

Una semana después de la caída en que se lastimó la rodilla, Ashley empezó a afiebrarse. En la clínica local los médicos le dijeron que pronto se repondría, pero la fiebre siguió subiendo y la rodilla se le hinchó. Maykol y Oriana Pacheco, sus padres, la subieron entonces en su motocicleta, la acomodaron entre los dos y se pusieron a buscar un hospital que se tomase su caso más en serio.

Fueron primero al hospital público de niños más cerca de su casa, que había registrado una ola de intoxicaciones y no había medicamentos. La familia fue entonces al principal hospital pediátrico de la ciudad, pero no había camas.

La fiebre seguía subiendo y los padres se encaminaron al hospital más grande de la ciudad, donde había hombres tirados en el suelo y casi desnudos. A la mañana siguiente la pequeña tenía 39 grados y su padre se sentía cada vez más desesperado. Sin más opciones, enfiló hacia el Hospital Universitario, que supo ser uno de los mejores hospitales de Sudamérica. Ashley ya tenía la pierna izquierda hinchada desde los dedos hasta el extremo superior del muslo, y la llevaron de inmediato a la sala de emergencia, donde los médicos le diagnosticaron una infección estafilocócica.

Los médicos sospechaban que la bacteria había llegado a los pulmones y abierto un agujero. Pero la última máquina de rayos X del hospital había dejado de funcionar el mes previo. La única forma de saberlo por seguro era llevarla a una clínica privada, donde el examen le costaría a la familia el equivalente a una semana de sueldos.

Los rayos X confirmaron lo que se temía: el pulmón derecho de Ashley había colapsado. Con cada bocanada, el aire se filtraba al pecho y ponía presión sobre el corazón. Los médicos buscaron el aparato que podía salvarla, una máquina de drenaje que en Estados Unidos cuesta 100 dólares. Pero allí no había.

Los médicos le dijeron a los padres que si no frenaban la infección, tendrían que amputar. Y que sin la máquina de drenaje, Ashley no duraría más de 24 horas, y que tampoco había solución salina, anticoagulantes, soluciones electrolíticas, bolsa de intravenosas, alcohol ni antibióticos. Al escuchar esto, Maykol y Oriana se abrazaron y lloraron.

Toda la familia se movilizó para suplicar por esos elementos. Y tras innumerables penurias, los consiguieron. Pero había que operarla para drenar la pierna.

Un tablero sobre la mesa de operaciones listaba las cosas que no había ese día: tubos para endoscopias, gazas, guantes, mascarillas y delantales. Dos residentes esterilizaron una aguja que ya había sido usada y le inyectaron la anestesia a Ashley. Les tomó media hora limpiar y drenar la rodilla. La fiebre estaba por debajo de los 38 grados, y con un poco de suerte, Ashley pronto podría bailar de nuevo.

Al día siguiente, sin embargo, la fiebre había subido inexplicablemente a 39 grados. Y su mamá Oriana notó algo nuevo: manchas rojas en su piel todavía hinchada.

Su médico de cabecera se sintió profundamente decepcionado al reconocer síntomas típicos de una infección cardíaca. No habían conseguido suficientes antibióticos como para asegurarse de que el estafilococo no siguiera esparciéndose silenciosamente.

Su padre había hecho todo lo que pudo para tratar a la niña y ahora, cuando parecía que estaba fuera de peligro, se encontraba más enferma que nunca. Los médicos dijeron que necesitarían vancomicina, tres dosis diarias por seis semanas, sin interrupción, para contener la infección sin que arruine el corazón. Por supuesto no la había. La madre de otro niño con una infección pulmonar donó la medicina para Ashley. Había muerto. Gracias a ello, Ashley se salvó.

Camas
La cantidad de camas usables en los hospitales de Venezuela mermó un 40% en relación con el 2014. Y a medida que la economía se deteriora, escasean el 85% de las medicinas, de acuerdo con la Asociación Nacional de Farmacias.
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