¿Habrá que resignarse a que el espacio público sea usurpado en forma sistemática? ¿Habrá que conformarse con poder circular libremente sólo de vez en cuando? Estas son preguntas que se hacen miles de platenses, agobiados por los trastornos cotidianos por el bloqueo de calles y avenidas.
Ya no es sólo un problema “piquetes”. Las calles se cortan por los motivos más variados. El propio Estado lo hace con displicencia para “prevenir” o “por seguridad”. Las vallas siempre están a mano (ya hace tiempo que ni siquiera las guardan) para cerrar todo el perímetro de la Gobernación, la Legislatura, la Municipalidad u otros edificios.
Si el “piqueterismo” fue una expresión de la protesta social que incluía los bloqueos de calles, rutas, avenidas o autopistas, hoy ya es una cultura que se ha adueñado del espacio público y que es ejercida por distintos actores de la vida social.
La Plata fue ayer, otra vez, un gigantesco entramado de cortes y piquetes. Miles de automovilistas lo sufrieron con pérdida de tiempo, de energía, de serenidad, de paciencia... Pero esto ocurre todo el tiempo y los motivos más variados. El bloqueo y uso indebido de los espacios públicos es una deformación urbana mucho más amplia: se estaciona sobre las ramblas; se ocupan las plazas con ferias paraguayas; se montan parrillas clandestinas en cualquier esquina; se saca mercadería sobre las veredas... Es una especie de “cultura piquetera” con distintas variantes y manifestaciones.
La semana pasada, un original “rally en silla de ruedas” sirvió para mostrar la Ciudad que excluye. Protestas similares podrían protagonizar los peatones, ciclistas, automovilistas y usuarios del transporte público. Todos cargan sus penurias.
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