TEMAS DE HOY:
PUBLICIDAD

La experiencia de alojarse en casa ajena

Por Redacción

Se estima que existen unos cuatro millones de personas que viajan con este sistema

Darío Melman (32) recorrió cuarenta países en dos años y se alojó en 120 casas de desconocidos. Algunos lo esperaron con un cuarto propio, otros le armaron un colchón en living y hubo quienes le ofrecieron un espacio para desplegar su bolsa de dormir. Lo alojaron familias, parejas y personas solas de distintas nacionalidades, religiones, costumbres y culturas. Pero todos compartían una característica en común: formaban parte de la comunidad couchsufing.

La traducción del término couchsurfing remite a la idea de ir surfeando en sofás de casas ajenas. Esta comunidad agrupa a viajeros (o aspirantes a serlo) de distintos países para que interactúen entre sí. Se conocen a través del sitio web que los convoca (www.couchsurfing.com), se recomiendan lugares para conocer, algunos se postulan como guía turística de su ciudad y -la idea central- muchos se ofrecen para hospedar de forma gratuita a turistas que también formen parte de la comunidad.

Se estima que existen unos cuatro millones de “surfers” (miembros activos) distribuidos en varios países, una oferta de unos 400.000 hospedajes y que se realizan anualmente 100.000 eventos de la comunidad en ciudades de todo el mundo. En La Plata, más de 1.600 personas se ofrecen para hospedar.

“Algunos alojan porque quieren dar una mano a los viajeros. Otros por la experiencia de recibir turistas y compartir momentos e intercambiar cultura con ellos”

“Algunos alojan porque quieren dar una mano a los viajeros ofreciéndoles un lugar para dormir. Entonces te dan la llave de la casa y prácticamente no los ves. Otros lo hacen principalmente por la experiencia de recibir turistas y compartir momentos e intercambiar cultura con ellos”, dice Darío.

Cuenta que dentro de esas 120 casas donde se alojó le tocaron de las dos situaciones: personas a las que prácticamente no vio mientras se hospedó con ellos y otros que lo acompañaron a recorrer la ciudad, le prepararon comidas típicas y lo llevaron a cumpleaños, casamientos, encuentros de motoqueros e incluso a reuniones budistas.

Aunque el couchsurfing ofrece la posibilidad de hospedarse de forma gratuita en distintas ciudades, para la mayoría no es el único ni el principal beneficio. Yesica Lanza (35) dice que lo que más valora de la comunidad es la posibilidad de conocer lugareños y de recorrer las ciudades o los pueblos junto a ellos.

“Para la mayoría no es una cuestión económica, sino que lo más importante es que conocés la ciudad desde adentro. Los locales te llevan a lugares que tienen la esencia de la gente que vive ahí, no te movés dentro del circuito turístico y conocés realmente cómo se vive”, dice Yésica, y cuenta que gracias a esta modalidad de viaje participó de un cumpleaños siciliano en el que las mujeres cocinaban pizzas en enormes hornos y festejó uno suyo en Grecia, con comida típica e invitados locales.

Yésica no sabe en cuántas casas se alojó ni a cuántos turistas recibió, pero cuenta que en su perfil de couchsurfing tiene 46 referencias positivas. Dentro de este sistema de viaje los comentarios públicos que dejan los que te hospedaron como los que te hospedaste son cruciales.

“Tener una referencia mala es muy muy muy malo”, dice Darío. Es que los comentarios sobre los perfiles suelen ser decisivos para aceptar hospedar o ser hospedado. Para algunos es una herramienta de seguridad.

“Cuando viajo sola descarto a los que tienen pocas referencias, algunas malas o neutras”, cuenta Yésica, y agrega: “También a los hombres que solo hospedan mujeres, que los comentarios son del tipo ‘qué bien la pasamos anoche’ y las fotos de boliches o fiestas, porque te das cuenta que están buscando otra cosa”.

En el perfil que cada usuario arma en el sitio de couchsurfing cuenta cosas de sí mismo, de viajes realizados y describe intereses personales, también se comparten fotos. Estos datos sirven para especular sobre una posible afinidad con otros.

Los que se ofrecen a hospedar aclaran si lo que tienen para ofrecer es una cama, un sofá, un colchón inflable o simplemente un lugar para desplegar una bolsa de dormir, y en qué condiciones está. La idea es que nadie se lleve una mala sorpresa.

“Me pasó que en algunos lugares no encontraba tantas opciones de alojamientos disponibles y terminaba agarrando cualquier propuesta. Llegué a dormir sobre una alfombra”, recuerda Darío, y cuenta que durante el tiempo que estuvo de viaje dedicaba entre dos y tres horas diarias para meterse en la página y buscar alojamiento en futuros destinos.

“Al principio recién cuando entraba a una casa me ponía a buscar la siguiente, pero estaba muy justo de tiempo porque no me contestaban, entonces empecé a anticiparme con las búsquedas”, recuerda Darío y dice que “en América hay menos oferta y es más difícil que te acepten porque son más desconfiados. En Europa tienen más aceitado el tema y no hay tanto temor”.

Yésica cuenta que en París un estudiante chileno la alojó en la residencia universitaria donde vivía (previa autorización de las autoridades del lugar). El lugar que ofrecía era un colchón al lado de la cama donde él dormía. Yésica aceptó las condiciones y la considera una buena experiencia con un buen anfitrión.

“A mi no me gusta cuando te dan las llaves y se desentienden, para eso me voy a un hostel”, dice. Cuenta que en Marruecos se hospedó en casa de un arquitecto, como ella. “Me enseñó a preparar comida marroquí y yo le enseñé a hacer comida Argentina. Fue genial”, recuerda, y comenta: “Vos te metés en la vida de la persona. Con algunos mantenés el contacto y se crea una amistad”.

“Lo más importante es que conocés la ciudad desde adentro. Los locales te llevan a lugares que tienen la esencia de la gente que vive ahí”

En cuanto a malas experiencias, Yésica recuerda que en una oportunidad hospedó a una chica brasilera que se fue muy temprano y por eso no se cruzaron antes de la partida: “Me dejó el sillón desarmado, cosas tiradas y ni siquiera una nota de agradecimiento. Me quedé con un sabor amargo, pero fue una situación atípica, en general no pasa eso”.

En el sitio las referencias y los comentarios no son solamente para los que hospedan, sino también para los hospedados. Ser limpio, flexible, predispuesto, amable, respetuoso y cuidadoso con las cosas ajenas figura entre las característicos mejor valoradas. Otro punto importante es respetar el tiempo acordado de estadía y no poner a quienes reciben en el compromiso de extenderlo.

Roger Amodio (28) estuvo tres años viajando por Latinoamérica y se hospedó en unas 80 casas. “Lo bueno de couchsurfing es que aunque viajes solo estás siempre acompañado. A veces te esperan con una comida, compartís paseos o tenés a quién contarle lo que hiciste o conociste”, dice.

El couchsurfing también cumple una función de red social. Los miembros suelen contar sus planes por si alguien se quiere sumar o se reúnen a tomar algo o van juntos a eventos.

“Cuando estaba en México un chico publicó que quería ir a Baja California a surfear. Me sumé yo y una chica de Canadá. Pegamos buena onda y nos terminamos quedando once días”, recuerda Darío.

Roger terminó consiguiendo compañero de viaje a través de la página. Cuenta que una “surfer” platense, antes de que arranque su viaje, avisó que a la tarde iba a mirar un partido que se jugaba ese día y dejó abierta la invitación a cualquiera de la comunidad. Fue él y otro chico. Esa tarde descubrieron que los dos tenían pensado encarar un viaje similar en la misma fecha. Decidieron empezarlo juntos.

Entre las opciones que ofrece el sitio figura la de ir a tomar algo con alguien, no en carácter de cita sino de conocer personas. Fue así que Roger conoció y se hizo amigo de un mexicano, que después se encargó de que su familia lo alojase durante su paso por la ciudad de Teapa.

“A veces conocés gente que te hace la gamba para que te alojen”, explica, y recuerda: “El mexicano que conoció en Playa del Carmen habló con su familia para que me hospeden en mi paso por Teapa. La madre me trató como a un hijo más. Me ofrecían llevarme a todos lados, me hacían de comer cosas que nunca había probado y hasta me festejaron mi cumpleaños una semana adelantado porque no iba a estar ese día. Compraron una torta y me cantaron ‘las mañanitas’”.

Las noticias locales nunca fueron tan importantes
SUSCRIBITE a esta promo especial
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD

Registrate gratis para seguir leyendo

Ya leíste varias notas de El Día. Creá tu cuenta gratuita y seguí accediendo al contenido del diario.

¿Ya tenés cuenta? Ingresar

Has alcanzado el límite de notas gratuitas

Suscribite a uno de nuestros planes digitales y seguí disfrutando todo el contenido de El Día sin restricciones.

Básico Promocional mensual

$570/ mes

Acceso ilimitado a www.eldia.com

Suscribirme

Full Promocional mensual

$740/ mes

Acceso ilimitado a www.eldia.com

Acceso a la versión PDF

Beneficios Club El Día

Suscribirme

ESTA NOTA ES EXCLUSIVA PARA SUSCRIPTORES

Para disfrutar este artículo, análisis y más, por favor, suscríbase a uno de nuestros planes digitales

¿Ya tiene suscripción? Ingresar

Básico Promocional mensual

$570/ mes

Acceso ilimitado a www.eldia.com

Suscribirme

Full Promocional mensual

$740/ mes

Acceso ilimitado a www.eldia.com

Acceso a la versión PDF

Beneficios Club El Día

Suscribirme
PUBLICIDAD