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Superavit de maledicencia

Por Redacción

Escribe Monseñor DR. JOSE LUIS KAUFMANN

Queridos hermanos y hermanas.

Como si cada uno no tuviese bastante con sus propios defectos y pecados, en todos los ambientes –donde se encuentran dos o más personas– existe un tiempo privilegiado que se ocupa con cierto placer en hablar mal de los ausentes.

Entonces cada uno se permite añadir, acentuar o agrandar lo que puede, en detrimento del honor y la buena fama de los propios parientes, vecinos, colegas, compañeros, conocidos y amigos.

Lo curioso es que aquellos que manejan con habilidad la maledicencia, no logran asumir la realidad de que otras personas hablan igualmente mal de ellos; lo cual indica que ni unos ni otros se respetan a sí mismos como tampoco a los demás. Se trata de un pecado que puede llegar a ser muy grave.

Al respecto, me contaron que en un amanecer diáfano, después de una larga caminata, un joven de nombre Federico, llegó a una pobre y diminuta ermita enclavada en la zona boscosa de un cerro, junto a un manso arroyo de deshielo. Allí vivía desde hace muchos años un sacerdote ermitaño, cuyo prestigio de sabiduría y santidad trascendía la región. Cuando Federico pudo ser recibido por el anciano, enseguida le refirió:

- Padre, un amigo suyo estuvo hablando de usted con malevolencia...

- ¡Espera! – lo interrumpió el ermitaño – Primero dime: ¿hiciste pasar por los tres tamices lo que vas a contarme?

- ¿Los tres tamices? – Preguntó el joven. ¿No sé a qué se refiere?

- Sí, el primero es el tamiz de la verdad. ¿Estás seguro de que es absolutamente cierto lo que quieres decirme?

- No. Lo oí comentar a unos vecinos de su antigua parroquia – dijo el joven –.

- Entonces... al menos lo habrás hecho pasar por el segundo tamiz, que es la caridad. Eso que deseas decirme, ¿es realmente bueno para alguien?

- No... en realidad no. ¡Todo lo contrario!

- ¡Mmmm...! El tercer y último tamiz es la necesidad. ¿Es realmente necesario hacerme saber eso que tú escuchaste de otros? – preguntó el ermitaño –.

- En verdad, no. ¡No, no es necesario! – comentó apesadumbrado Federico –.

- Entonces – sostuvo sonriente el ermitaño – si no es verdad, ni es bueno, ni es necesario... ¡olvidémoslo para siempre!

Semejante sabiduría no es exclusividad de los santos o al menos no debería serlo. Pertenece al sentido común – que suele ser el menos común de los sentidos – el que nadie tiene derecho de hablar mal de otros.

Es cierto que no hay que exponer a la maledicencia el buen uso de nuestra libertad (cf. Rom. 14, 16) pero, además, debemos recordar con frecuencia que la Palabra de Dios nos exhorta: “Ámense constantemente los unos a los otros con un corazón puro... Renuncien a toda maldad y a todo engaño, a la hipocresía, a la envidia y a toda clase de maledicencia” (1 Pedro 1, 22; 2, 1), y estaremos favoreciendo a una sociedad que necesita alcanzar una paz estable y duradera.

Pidamos humildemente a Jesús Misericordioso que nos libre del nefasto vicio de la crítica y de la maledicencia.

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