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Ser peatón es una profesión de riesgo. Más allá de los manotazos, la Ciudad ofrece pocos senderos confiables. Antes, lo de salir a dar un vuelta formaba parte del pequeño programa de alguna tardecita. Hoy es un desafío. Las veredas están destrozadas. El tiempo y el descuido van dejando un paisaje roto que invita más a la zancadilla que a la evocación. Y La Plata, que alguna vez fue caminable y amistosa, hoy nos tiene alerta y a los saltos.
Por eso sonó justiciero el reciente fallo de La Cámara Civil que condenó al Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires a pagarle más de medio millón de pesos a una vecina que sufrió lesiones graves al tropezar con una baldosa sobresalida. La Justicia entendió que el Ejecutivo porteño es responsable por los daños causados por el mal estado de la vereda.
Jurisprudencia salvadora que seguramente obligará a los intendentes distraídos a dedicarle un poco más de atención a las aceras. A los automovilistas se los cuida porque tributan. Pero, como hasta ahora caminar es gratis, nadie puede pretender que alguien se acuerde de los que no pagan. Por eso lo de la Cámara Civil porteña repara y deja un mensaje aleccionador: más que tarifar un percance, el fallo pretende reivindicar a esos vecinos andariegos que, sin protección a la vista, todavía se le animan a estas veredas con más emboscadas que mosaicos.
Hay que estar alerta a partir de este fallo. Medio millón es una cifra que invita a distraerse. Caerse podrá sacudir la tesorería municipal, pero también puede ser una tentación. Nunca un porrazo se cotizó tan alto. Y como la cosa está tan difícil, más de una familia estará pensando enviar a la calle a sus mejores atolondrados en busca de la baldosa del medio millón que termine con la sequía. Y para eso no necesita mapeo. Cualquier veredita del centro puede garantizar porrazos indudables. Después, está en su señoría ponerle buen precio al tropezón.
Ahora que la Comuna está estudiando lo de carriles exclusivos para taxis y ómnibus, debería hacerle un lugarcito al paseante. La Plata merece el récord de veredas estropeadas. No hace falta abrir un concurso para saber cuál es la peor, aunque la de la calle 3, en el acceso a Bomberos, puede disputar el título de las más rotosas. La policía local, que sólo está para caminar, debería recibir algún plus por tarea riesgosa. Y habrá que avisarles a los gendarmes que están llegando que tendrán que aprender a cuidarse de los salteadores y de los veredones con obstáculos. Porque la frontera caliente de nuestros pozos los obligará a tropezar seguido y no sólo con la delincuencia.
Las veredas están destrozadas. El tiempo y el descuido van dejando un paisaje roto que invita más a la zancadilla que a la evocación. Y La Plata, que alguna vez fue caminable y amistosa, hoy nos tiene a los saltos
Pensar que alguna vez las aceras fueron la sede oficial de las reuniones barriales. En esos baldosones uno encontraba juegos, arraigo y amigos. Hasta las madres nos mandaban a esas veredas, que seguras y amistosas, eran como un pequeño ventanal que dejaba asomarnos a la vida de los otros entre escobas, chismes y pelotas.
La justicia porteña obligó pagarle 500 mil pesos a una vecina que se cayó por una vereda rota. Nunca un porrazo se cotizó tan alto. La cosa está tan difícil, que más de una familia enviará a la calle a sus mejores atolondrados en busca de la baldosa del medio millón que termine con la sequía
Pero por suerte no todos son tropezones. Una muchacha encontró un anillo en la zona de Plaza Moreno. Iba mirando al suelo, esquivando pozos, cuando descubrió que algo brillaba entre tantos senderos opacos. Era un anillo de oro, con iniciales, lo que acredita que portaba historia y recuerdos. Lo encontró y empezó a buscar a ese peatón distraído al que se le cayó o lo dejó caer. Nunca se sabe. Días después dio con la dueña, que no mostró apuro por recuperarlo, como si se tratara de una alhaja con recuerdos tristes que merecía el olvido y que esa muchacha encontradora la puso otra vez en escena.
Hay que saber perder cosas. No es tan simple abandonar algo para siempre. Funciona en California un Museo de Relaciones Rotas, un edificio de lo que ya no está y que recoge esos recuerdos que uno quisiera perder en el camino. Pero al destino no le gusta que la gente olvide lo que dejó marcas. No es fácil sacarse de encima esos anillos que son menos un souvenir que una ruina. Algunas alianzas que quedan en la calle acaso aspiran a dejar atrás algo que apretaba y que aún sigue doliendo, aunque un peatón con buena fe la encuentre y nos quiera obligar a revivir todo. Muchos despechados saben que no es fácil poder abandonar en la vereda los viejos amores. Este anillo que quería estar solo y no pudo, quizá sea la metáfora de una ciudad que ha ido dejando veredas rotas con la ilusión de que algún intendente las encuentre y les devuelva el brillo perdido.
(*) Periodista y crítico de cine
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