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El triunfo del enojo y la derrota de las elites

El triunfo del enojo y la derrota de las elites

Por Redacción

No ganó Trump; ganó el enojo. No ganaron, esta vez, los Republicanos; ganaron la decepción y el hartazgo con la política tradicional, con “el sistema”, con “el establishment”.

Todos los analistas coinciden en que para entender el triunfo de Donald Trump hay que sumergirse en el clima de frustración de una heterogénea clase media que está dispuesta a dar un salto hacia lo desconocido pero que no aguanta más el “statu quo”.

Es una clase media que percibe que nada juega a su favor. En esos sectores anida una especie de resentimiento en el que se combinan realidades angustiantes, percepciones, incertidumbres, hartazgos y temores.

No es una realidad homogénea. El votante de Trump no responde a un único y determinado estereotipo. Pero pueden hacerse algunas generalizaciones: en general, es un votante disconforme, con expectativas frustradas, sin certezas sobre su futuro y sobre el futuro de sus hijos. Es, de algún modo, un hombre o una mujer que siente que el sueño americano es ahora un concepto difuso, sin las garantías ni las certezas que ofrecía hace algunas décadas.

En Estados Unidos, el desempleo es del 5 por ciento. Pero el enojo no es sólo de los desocupados o de aquellos que han perdido su pertenencia a una clase media con aspiraciones. Hay hartazgo por la presión impositiva; un hartazgo que comparten profesionales, trabajadores calificados, emprendedores y pequeños y medianos empresarios.

Hay un malestar muy marcado en lo que se conoce ahora como el “oxidado cordón industrial”, donde se han perdido puestos de trabajo pero donde, además, se han deteriorado y achicado las expectativas. Hasta hace veinte años, trabajar en una fábrica automotriz de Detroit, por ejemplo, era una garantía de movilidad social; aportaba la certeza de que se podría enviar a un hijo a la universidad; de que se podría pagar una hipoteca sin dificultades y de que se podría ahorrar para una jubilación sin apuros. Esas certezas se han encogido mucho, aún cuando no se haya perdido ni se vaya a perder el trabajo. Para esa clase media, Trump ofreció el atajo de un cambio hacia alguna parte, aunque no se sepa bien a cual.

Hubo un voto de protesta silencioso. De alguna forma, podría verse en el triunfo de Trump una variante norteamericana del “Que se vayan todos” que gravitó en la Argentina del 2001. Las comparaciones son imposibles, pero el hartazgo con las burocracias políticas y el desencanto con los partidos es un fenómeno que se observa en muchos países del mundo con características y particularidades diversas.

En el interior de Estados Unidos -donde todavía está muy arraigada la vida pueblerina de comunidades agrícolas o de sectores urbanos que no son cosmopolitas- hablar de Washington es hablar de “vividores” que cobran altos salarios a costa de sus impuestos. Así es como muchos retratan a los funcionarios del gobierno federal y a los congresistas. Los ven como una elite desentendida de la realidad que viven sus representados. De ese sentimiento se nutrió Trump, presentado a sí mismo como un “outsider” que nunca fue funcionario público ni legislador y que forjó de alguna forma el perfil de un líder “antisistema”.

Hillary, más allá de otras debilidades, es -por el contrario- la más cabal representante de esa clase política que domina Washington. Tuvo un rol relevante durante las dos presidencias de su esposo; fue luego senadora por Nueva York y construyó uno de los liderazgos opositores más nítidos durante las administraciones de Bush. Fue precandidata presidencial frente a Obama y luego Secretaria de Estado durante buena parte de la administración que termina. Decir Hillary Clinton es decir “la política tradicional”. Y contra eso votaron casi sesenta millones de norteamericanos.

El triunfo de Trump deja, por supuesto, un país muy polarizado y dividido. Así como casi sesenta millones votaron por Trump otros tantos (y en realidad, algunos más) votaron por Hillary Clinton. Pueden haberlo hecho sin demasiado entusiasmo, pero lo hicieron -seguramente- convencidos de que la continuidad era mejor que el salto a lo desconocido. Entre ellos hubo millones de jóvenes.

Lo cierto es que el triunfo de Trump fue la derrota de todas las elites norteamericanas. La elite intelectual, la de los partidos tradicionales, la económica (Wall Street), la universitaria, la de los medios de comunicación y hasta la elite de Hollywood jugaron en contra de Trump. Eso parece haberlo beneficiado porque reforzó su liderazgo “antisistema”.

Uno de los interrogantes pasa ahora por el sistema de relación que establecerá el próximo Presidente con esos actores.

El fenómeno Trump plantea, en este contexto, un complejo desafío. Son muy pocos los que “lo vieron venir”. Se lo tomaba como una caricatura. Hubo un diario tradicional que se resistió durante meses a ubicar a Trump en la sección política y lo ponía en las páginas de la farándula. Las encuestas no pudieron detectar la fuerza subterránea que llevó a Trump hasta la Casa Blanca; los analistas demoraron mucho en dimensionar sus posibilidades; los partidos -tanto el suyo como los demócratas- no imaginaban, hasta hace poco, que podía llegar a la Presidencia.

Habrá que reinterpretar muchos fenómenos políticos, sociales y económicos para entender el triunfo de Trump.

Pero habrá que admitir, también, que el mundo ya venía caminado en esta dirección. El Brexit es, después de todo, otro triunfo del enojo. Es un mundo en el que la globalización, el fundamentalismo y la desigualdad han quebrado las viejas certezas. Y que busca escapar hacia algún lado, aunque no sepa bien hacia dónde y en la búsqueda asuma riesgos y peligros.

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