Los vivas, los gritos de aliento y los reiterados y sostenidos aplausos con el que sus seguidores intentaron arroparla, no alcanzaron para arrancar más que sonrisas de compromiso y tal vez, forzadas, en el rostro de la derrotada Hillary Clinton cuando, ayer, secundada por el esposo Bill y su hija Chelsea, enfrentó a sus seguidores para reconocer la derrota.
Entre el público, muchos miembros de la campaña y simpatizantes eran incapaces de contener las lágrimas, que ya habían comenzado a aflorar cuando el candidato demócrata a vicepresidente, Tim Kaine, subió al escenario minutos antes para presentar a Clinton.
Hillary, política curtida en mil y una batallas dialécticas, conservó la compostura y le impuso a su breve mensaje un tono firme, sereno y conciliador. Le deseó lo mejor al país y a su oponente y vencedor en la contienda electoral, pero también reiteró que a partir de ahora la misión del partido Demócrata será la de sostener el legado de Barack Obama. Y allí, mencionó cada una de las cuestiones que marcan el océano que separa a la política demócrata de la de Trump: la defensa de las minorías, de los inmigrantes, de los gays y lesbianas, entre otros.
Antes, y visiblemente emocionado, su compañero de fórmula, Tim Kaine, se mostró orgulloso de haber podido acompañarla en la frustrada carrera a la Casa Blanca.
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