Joaquín Morales Solá
LA NACION
Malcorra estuvo rápida y pragmática, ya que al final de un largo diálogo telefónico con Eric Trump, hijo del presidente electo de EE.UU logró que éste le transmitiera un mensaje: “Dígale al presidente Macri que mi padre siempre lo recuerda con cariño”, dice Morales Solá. Ocurre que el contundente cambio político en aquel país “no puede dejar indiferente a un presidente argentino que colocó en los Estados Unidos el eje central de su política exterior. Macri no es indiferente. Está preocupado”. Alude a la relación de Macri con Trump, que se frecuentaron desde 1984 a 2004: “Macri lo llamaba cuando viajaba a Nueva York, y Trump encontraba un momento para verlo. La decisión del argentino de dedicarse a la política de su país relegó esos encuentros. Macri “apoyo a Hillary, sin embargo, entre otros motivos porque pensó que garantizaba mejor la continuidad de los negocios y el intercambio de información sobre terrorismo y narcotráfico. “La única confianza que Macri no ha perdido es en las inversiones de las empresas norteamericanas en la Argentina. En Washington hubo buenos y malos gobiernos, pero nunca los norteamericanos dejaron de ser el primer inversor extranjero en el país”.
Mario Wainfeld
PAGINA 12
“Fallaron las encuestadoras, los análisis sofisticados, el olfato de casi todas las Cancillerías del globo. Tal se equivoquen menos (o nada) quienes festejan y quienes deploran que Donald Trump haya sido elegido presidente de los Estados Unidos de Norteamérica. Celebran el Ku-Klux-Klan, el Tea Party, las derechas racistas y expulsivas de Europa. Se aterran las minorías que habitan en suelo gringo, los mexicanos, los trashumantes de todo el planeta que buscan cobijo fuera de sus países para conseguir trabajo, paz, una vida pasable para sus familias”, dice Wainfeld. Agrega que “se enfrentaban dos alternativas malas, prevaleció la peor”, en un triunfo que fortifica a las derechas globales. “Brexit en Gran Bretaña, el “No” en Colombia, Trump ahora. Todo en un solo año terrible, de la mano del voto popular”. Añade que “el programa de Trump exacerba tendencias ya existentes y en ascenso aún entre aquellos que lo confrontaron en las urnas”. Añade que “sin ser agorero, un presidente que desprecia a las mujeres, a los gays, a los “ilegales” y gana estimula a otras personas o autoridades a emularlo. Los tiranuelos de oficina, los policías mal arriados, los burócratas del estado tienen un paladín”.
Eduardo van der Kooy
CLARIN
“Cuanto más impactante acostumbra a ser algún episodio de la política mundial más aldeana parece tornarse la realidad de nuestro país. La desagradable irrupción de Donald Trump como presidente electo de los Estados Unidos lo puso de nuevo en evidencia. El Gobierno de Mauricio Macri se vio impelido a cambiar de plataforma donde, de modo inexplicable, había quedado abrazado a la demócrata Hillary Clinton”, dice Van der Kooy. Alude aquí a las apariciones de Cristina Fernández en estas horas que, incluso, “se atrevió a parangonarse con el republicano. Afirmó que aplicará las mismas políticas que ella ejecutó durante su gobierno. Proteccionismo y mercado interno. En el afán por hacer diferencia con el Presidente hasta exculpó a Trump –y a los votantes– de sus arranques xenófobo”. Por su parte, “Macri hizo simplemente la gran Macri. Un lujo que aún puede darse porque no derrochó todo su capital político. Se manifestó sorprendido por el triunfo de Trump, lo felicitó y auguró una fructífera colaboración en la relación bilateral. Ese sería el tramo sencillo de la obra. Ahora deberá imaginar un lazo más estable y permanente con el extravagante mandatario de la primera potencia mundial”.
Jorge Fernández Díaz
LA NACION
Si Trump le diera la espalda a Cambiemos “los populistas nativos dirán que es el nuevo Perón (ya lo insinuó Guillermo Moreno) y si da respaldo a Macri confirmarán el prejuicio social y asegurarán que es un acuerdo de clase entre dos millonarios de la ultraderecha”, dice Fernández Díaz. Añade que “Macri y Obama al lado de Trump parecen hoy dos grises socialdemócratas en la banquina de la historia. Pero atentos: también Scioli y Cristina quisieran tomar el té en la Trump Tower; a los mariscales de la derrota todos los colectivos los dejan bien. Al ex gobernador le gusta Trump porque es una celebridad y porque encarna un populismo derechoso muy parecido al que corre por sus venas. Si es que algo corre por ahí. Y a Cristina le encanta el lenguaraz de cabello anaranjado por varias razones: es potentado como ella, detesta a la prensa libre, desprecia la democracia republicana y congenia con el putinismo, ese arrollador movimiento formado por demagogos y autoritarios. Añade que “el ascenso de Trump mostró que hoy cualquier improvisado puede hacer un reality político y emotivo, pronunciar todo tipo de estupideces y desbancar en las urnas a cualquier aparato racional”.
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