Ganó Donald Trump. Sorpresa, estupor, desconcierto, son sensaciones que parecen haber invadido el ánimo global. Una nueva derrota del sistema político tradicional en las democracias representativas, que insiste en mentirle al pueblo tratando de convencerlos que sus vidas no son lo que son, que las decepciones ante la pérdida de calidad de vida son temporales, que a la vuelta de la esquina viene caminando la prosperidad ausente. Del otro lado; la sociedad, la gente, los ciudadanos, el pueblo, los seres humanos que habitan cada país de las democracias occidentales; se cansan de ver que el sistema político comanda un barco donde solo ellos tienen botes salvavidas ante los recurrentes naufragios.
Nos preguntamos, ¿Cuándo y por qué la democracia dejó de ser el sistema que permitía a las personas tener una vida mejor? ¿Cómo fue que los representantes comenzaron a divorciarse del destino de sus representados para pasar a representar sus propios intereses corporativos? ¿Por qué las estructuras de representación política que hace un siglo reemplazaron a las oligarquías se convirtieron en nuestro tiempo en oligarquías partidarias?
En todos los debates que estas preguntas pueden desatar hay una plataforma de despegue. Sin distinción de latitudes donde existe la democracia representativa (Parlamentaria o Presidencialista) el pueblo no se siente representado, sino más bien profundamente decepcionado y resentido.
La vida mejor que era la promesa central de la democracia, está en extinción. Pero, en paralelo, hay un pequeño círculo (el de los representantes) que en sentido inverso al pueblo, mejora en forma a veces escandalosa su buen pasar.
¿Qué pasó? El auge de las democracias y su relación con el bienestar económico surge en la posguerra de 1945 y sus beneficios se extendieron hasta 1975 aproximadamente.
Se llamó a este período, “los 30 gloriosos”. Democracia y capitalismo parecían encontrar una fórmula de convivencia entre dos principios: la libertad y la igualdad. Todo esto fue impulsado porque el petróleo -principal recurso que movía la economía- costaba U$S 1,60 el barril. Pero desde 1973/1975 hasta 1979 la OPEP que nuclea a los países exportadores del crudo, modifico su política de oferta.
En 1979 el barril superaba los U$S 30. Así, se acabó el “desarrollo” financiado por un recurso no renovable en una ecuación insostenible: la dependencia de recursos escasos y no renovables en un sistema que pretende ser de producción y consumo exponencial.
Desde entonces el principal recurso energético del planeta sólo conocería la inestabilidad, hasta el punto de llegar a U$S 148 el barril en la crisis financiera de 2008 en EEUU.
Desde finales los años 70 tendremos discursos de abundancia en un mundo con recursos que no lo son. Aquí la ruptura en la consistencia entre la visión política y la realidad económica.
Esos 30 años que empujaron la economía mundial a la prosperidad material, colonizaron el imaginario colectivo en punto a que eso era así, ayer, hoy y siempre.
El sistema político encontró la mina de oro para sostenerse en el poder: explotar aquella idea de producción = consumo = bienestar.
Los abuelos lo pasaron a los hijos y estos a sus propios hijos. Nuestros abuelos efectivamente verificaron que esa relación se asemejaba a la verdad. Nuestros padres vieron como esa idea tenía fallas y no se cumplía siempre. Ahora, los que estamos aquí sabemos que la vida que llevaron nuestros abuelos trabajando mucho menos tiempo que nosotros es imposible tenerla para gran parte de la población.
Esta decepción crece mientras que el discurso de las estructuras políticas con la promesa de una vida mejor continúa.
La decepción se convierte en enojo y resentimiento contra los políticos y el sistema
La decepción se convierte en enojo y resentimiento contra los políticos y el sistema. Esto se pone de manifiesto en los países subdesarrollados entre los años 1980 y muy fuertemente en la década de 1990.
La globalización neoliberal parecía que solo afectaría a nuestras geografías. Pero, esa pérdida de calidad de vida ya iniciado el S.21 se hizo ostensible en las grandes potencias económicas: Brexit (con voto popular) como proceso de separación de la UE por parte de Gran Bretaña y la elección de D. Trump en EEUU son las facturas que las sociedades pasan a sus sistemas de representación tradicional. Antes, entre nosotros el nuevo populismo representado por el kirchnerismo, Chaves en Venezuela, Correa en Ecuador, Evo Morales en Bolivia y el partido Podemos en España.
Esos movimiento surgieron como reacción al modelo tradicional de representación, aunque mucho de ellos solo constituyeron nuevas oligarquías con discurso rupturista.
Sociedades con reacciones de decepción y resentimiento contra el sistema político ya vivimos en el S.20 en Europa. Sus derivaciones fueron el Nacional Socialismo en Alemania y el Fascismo en Italia. Son antecedentes terminales que obligan a procesar la crisis actual de la política y su sistema de representación.
La voracidad del capitalismo y de las oligarquías partidarias, sindicales, y de otras instituciones que se constituyen bajo el sistema de representación democrática, se resiste a cambiar. Insisten en un discurso de fácil captación por el ciudadano como una mentira y en el uso de mecanismo de selección y participación que les permite “capturar y secuestrar el espacio democrático”.
Esta falta de visión y reconocimiento de sus propias crisis las lleva a la profundización de las mismas y así generar una grieta mayor con sus representados.
En nuestro país y en el exterior no existe una visión correcta de la sociedad y economía del S.21 por parte de las estructuras políticas.
Cuando uno hablaba y escribía sobre energías renovables, sobre profundizar la democracia mediante instrumentos más directos (democracia directa), de priorizar la sociedad de conocimiento en lugar de industrial, y sobre el paradigma ecológico, lo miraban como una persona rara, agradable y de otro mundo.
Estas cuatro visiones/propuestas son las líneas políticas centrales para salvar a la democracia como la conocimos antaño (promesa de una vida mejor) y construir un nuevo sistema económico sostenible. Lejos de las visiones del mundo que son inocuas para el S.21: el capitalismo neoliberal, el colectivismo marxista y el keynesianismo. Todas alternativas que en el mundo tienen el mismo destino que el petróleo: su inexorablemente agotamiento.
(*) Abogado, profesor de Economía Política, Fac. de Ciencias Jurídicas y Soc. UNLP
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