A las 12.02 del jueves 3 de noviembre, hace exactamente dos semanas, K.L.C. entró en un kiosco de 15 y 34 a suplicar ayuda. Tenía el paso errático y estaba muy desorientada. Ni siquiera podía caminar en línea recta. El registro quedó plasmado en las cámaras de seguridad de ese negocio.
La mujer tenía sangre en la boca, la única herida que se le notaba a simple vista. Estaba vestida completamente de negro y apenas sostenía una tarjeta SUBE, aunque ni siquiera tenía fuerzas para eso en sus manos: se le cayó tres veces en los pocos minutos que permaneció ahí adentro.
A su lado, un montón de chicos y adultos que salían de un colegio cercano la miraban perplejos. Ella estaba mareada, con dificultades para mantenerse en pie y visiblemente afectada por el cóctel de alcohol y drogas que Néstor Monzón le habría dado por la fuerza, sumado a los golpes y abusos.
La víctima, despeinada y con unas pantuflas (sus borceguíes quedaron en el departamento), fue asistida allí por otras personas hasta que llegó la Policía y la trasladaron al Hospital San Martín, donde estuvo internada 11 días recuperándose de los golpes y lesiones que sufrió.
A la mujer le dieron un vaso de agua en el local para que se tranquilizara y pudiera expresar lo que le pasaba, algo que pareció muy difícil teniendo en cuenta su estado.
Hasta los nenes se quedaban pasmados viéndola sin poder hilvanar palabras y a punto de caerse contra los exhibidores de mercadería.
El dueño del kiosco, que se identificó como Rodolfo, contó a la prensa que luego de que algunas personas se acercaron para ayudarla lograron obtener el teléfono de su familia y contactarse con su hermano. Fue él quien llegó rápido en un patrullero y se encargó de su asistencia. El mismo relato hizo Ana, una de las empleadas del negocio que a su llegada a trabajar vio a la víctima sentada en una silla en la vereda, a la espera de que llegara la ayuda.
“Habíamos llamado a la ambulancia también. Estaba golpeada, tenía un poquito de sangre en la boca y en el rostro. La ambulancia vino, la vio golpeada y dijo ‘tienen que llamar a la policía’. La patrulla llega directamente con el hermano”, contó el comerciante.
Rodolfo dijo que no pudo determinar si la mujer “estaba en estado de shock o realmente drogada”, y recordó que “casi no podía hablar”. El caso generó estupor en cada persona involucrada de cerca: “No cabe en la mente humana que le hayan hecho una cosa así”, expresó el dueño del kiosco.
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