Escribe Monseñor DR. JOSE LUIS KAUFMANN
Queridos hermanos y hermanas.
La Primera Comunión es, en el pueblo cristiano, mucho más que una devota tradición. Se trata de uno de los momentos fundamentales de la iniciación cristiana, que integra la trilogía “Bautismo-Confirmación-Eucaristía”.
Desde la celebración solemne de su “Primera Comunión”, el cristiano comienza a participar consciente, activa y fructuosamente de la Pascua semanal o celebración dominical de la Misa, comulgando el Santísimo Sacramento de la Eucaristía.
En el mundo virtual se enamora de su propio deseo o fantasía. La comunicación humana depende de la palabra en un 30%. El resto es no verbal: gestos, miradas, movimientos, distancias, posturas, olores, contacto físico
Sin embargo, en la mayoría de los casos, a causa de la decadencia en la vida de fe, ese momento de singular importancia en que se recibe a Jesús Sacramentado, se limita a un mero acto social. Parecería que todo se reduce a un ritual mágico que otorga derechos.
El solo hecho de pensar en todo esto provoca profundo dolor y vergüenza. Dolor por el manipuleo que no pocos hacen de lo sagrado y vergüenza por la falsedad de conductas en quienes – cuando les conviene – se profesan católicos.
La Iglesia de Dios, que es el Cuerpo de Cristo que vive en la historia, se alimenta y perfecciona con la Palabra de Dios y con la Eucaristía. No hay Iglesia sin Palabra de Dios y Eucaristía. No hay cristiano maduro y coherente que no se nutra de las Sagradas Escrituras y de la Divina Eucaristía.
La Eucaristía, que es el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, significa y realiza la comunión de vida con Dios y la unidad del Pueblo de Dios por las que la Iglesia es ella misma, como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica (cf. n° 1325).
Por lo tanto, si el cristiano no se alimenta asiduamente de la Eucaristía, al igual que de la Palabra de Dios, se debilita en las virtudes fundamentales y entra en las penumbras de la indolencia y el relativismo. ¡Y Jesús es condenado a un cruel abandono!
En la mayoría de los templos está la presencia real de Jesús Eucaristía en el sagrario, y lo confirma una pequeña luz que arde en su cercanía. Esa reserva tiene la finalidad de asistir a los enfermos que no pueden participar personalmente a las celebraciones litúrgicas. Pero también está para la oración personal y, para cuando corresponda, la solemne adoración pública.
Allí, en el sagrario o tabernáculo, Jesús siempre está disponible para cada uno, sin excepciones de ninguna clase: para escuchar nuestro reconocimiento y adoración, para recibir nuestras súplicas y gratitudes, para hablarnos al corazón e inspirarnos los mejores sentimientos a favor de una vida digna y de una civilización fundada en el amor solidario.
Jesús, verdadero Dios y verdadero Hombre, está ahí para nosotros... ¿Y los cristianos, lo declaramos reo digno de abandono? ¡Cuánta ingratitud en la vida de los cristianos!
¿Cómo podemos encontrar la felicidad fuera del amor de Dios? ¿Somos tan ciegos que nos dejamos engañar con felicidades relativas y pasajeras?
Por cierto, urge que todos los cristianos renovemos seriamente nuestra fe en la presencia real de Jesús en el Santísimo Sacramento del Altar. Este Año Santo de la Misericordia nos ofrece la oportunidad de hacer efectiva y definitiva esa renovación en la vivencia de la fe.
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