Las secuencias del conflicto que mantiene alteradas a las líneas Este y 520 de colectivos, muestran un progresivo agravamiento y una dinámica descontrolada.
No es, como se sabe, una medida orgánica la de los choferes que paralizaron esas dos líneas de micros. La UTA -el gremio que nuclea a los transportistas- no avala la huelga, que tuvo derivaciones de violencia en los últimos días. Pero ayer la cosa terminó de desquiciarse.
Un grupo minoritario de choferes de la Este, con aparente “apoyo” de una patota venida del Conurbano, fogoneó la protesta e impidió la libre circulación de colectivos en la avenida 7.
La metodología consistía en parar y amenazar a los choferes, desinflándoles las cubiertas para que no pudieran seguir viaje.
El panorama derivó -ahora sí- en la intervención de la UTA, que consideró que “no están dadas las garantías” para que el transporte funcione en la Ciudad. En los hechos, dispusieron un paro que -como siempre- pagan los usuarios.
Anoche, sin aviso, miles de platenses empezaban a desayunarse de una nueva instancia del conflicto, que ahora involucra ya a todas las líneas. Incertidumbre y descontrol dominan la escena. La patota imponía sus normas.
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