Dentro de muchos años, sea cual fuere el futuro de Daniel Sappa, le van a preguntar qué momentos recuerda de su paso por el fútbol. Sin lugar a dudas, aunque salga campeón del mundo con la Selección y juegue 10 años en Europa, va a recordar lo que vivió ayer en el estadio Ciudad de La Plata.
Para Sappa fue su momento de gloria. El primero de su carrera, muy emotivo y fuerte. Fue el responsable de que Estudiantes haya ganado su octavo partido en diez fechas. Fue el dueño de los flashes y los abrazos.
El reloj marcaba los 44 minutos del segundo tiempo. Los hinchas no lo podían creer y los jugadores tampoco. Entre ellos el capitán Leandro Desábato, que le reclamaban a Patricio Loustau por el penal que acababa de sancionar. La jugada fue así: Juan Bauza recibió un centro atrás y remató al arco. La pelota pegó en el brazo de Ascacibar, que salía junto al resto. No tuvo intención, pero hoy en día esos penales se están cobrando.
La euforia se derrumbó como un castillo de cristal. Las sonrisas cambiaron a fastidio y la bronca de dejar escapar un triunfo de esa manera. Seguro que muchos se tuvieron fe, pero ninguno como Daniel Sappa.
En la fecha pasada también había tenido que pararse en el arco pero no adivinó el palo y Lucas Alario, de River, marcó el gol. Ayer tuvo revancha.
Fue Pablo Ledesma a la pelota. Fuerte silbatina y gritos. Sappa no se movió y lo miró decidido. No dudó y se tiró a su derecha. También estiró sus brazos. Atajadón, notable, para desviar esa pelota al córner y para devolverles el alma al cuerpo a los casi 30 mil presentes y a todos los que miraron por TV.
El pibe de Villa Elisa, que no la pasó bien en los últimos meses, se regaló el momento de gloria más importante de su vida y el que no olvidará nunca más. Pase lo que pase en el futuro. No tengan dudas.
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