Como todos los trastornos de personalidad, tienen un inicio precoz y un patrón permanente, inflexible y extendido de pensamientos, emociones y comportamientos en varias situaciones vitales, que se apartan marcadamente de las expectativas del contexto cultural. No son sujetos capaces de comprender y responder emocionalmente a las experiencias humanas, aunque fingen entenderlas. No aceptan al otro, característica que intervendría como un amortiguador para atenuar y hasta negar la crueldad de sus actos, que pueden ser inesperados, desconcertantes, pavorosos. Así, se puede desarrollar una relación con la víctima que esté impregnada de frialdad, desafecto, crueldad, rechazando entonces su condición de persona, transformándose en “una cosa, un objeto”, que se puede manejar sin culpa. Suelen ser propensos a buscar inusuales desafíos y altos riesgos, comportándose como si ellos fueran inmunes al peligro para sí mismos al emitir conductas por fuera de la normas. El trastorno antisocial de la personalidad se identifica con un patrón general de desprecio y violación de los derechos de los demás. Muchas veces se muestran encantadores, seductores e inspiradores de confianza, con clara habilidades para detectar las necesidades del otro y ahí intervenir.
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