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Amor en el mundo real

Amor en el mundo real

Por Redacción

Por SERGIO SINAY (*)

Mail: sergiosinay@gmail.com

En una ciudad de Los Ángeles apenas futurista, Theodore, un hombre en la mediana edad, transita el final de un divorcio conflictivo. Es escritor (se gana la vida en una empresa en la que redacta cartas de amor a pedido de los usuarios), y una vez cumplido su horario laboral consume su existencia en esporádicos y rutinarios encuentros con unos pocos amigos o dedicándose a juegos electrónicos. No hay novedades en su vida hasta que adquiere un nuevo sistema operativo para su computadora y para su teléfono móvil. El sistema funciona mediante la voz, y se llama Samantha. Responde y dialoga como si se tratara de una persona y modula sus palabras de un modo seductor y sensual. Al cabo de poco tiempo Theodore está perdidamente enamorado de Samantha, que parece corresponderle. No sabe, ni nunca sabrá, cómo es “ella”, porque “ella” no es más que eso: un sistema operativo. Pero en la relación virtual que establecen la temperatura sube e incluye el sexo, también tácito y sin cuerpo presente. Samantha es un producto de la inteligencia artificial, pero alcanza para trastocar la vida de Theodore y apartarlo de personas y sucesos reales hasta sumirlo en un verdadero desquicio existencial.

Este es el argumento de “Her”, film realizado en 2013 por el director Spike Jonze, con Joaquin Phoenix y Scarlett Johansson (la voz de Samantha). Como toda distopía, plantea un futuro cercano, problemático y disfuncional (lo contrario de las utopías, en donde el porvenir es siempre ideal y venturoso). En este caso dispara interrogantes acerca de cómo evolucionarán los vínculos humanos y qué será de la identidad (esa compleja construcción) en un mundo sometido a la tecnología hasta en sus aspectos más íntimos y privados. La historia que cuenta “Her” puede parecer exagerada. Pero exageración no es falsedad, sino ampliación extrema de un hecho cierto.

Las relaciones virtuales son parte del panorama actual de nuestra sociedad. La manera más cruda de definirlas podría ser esta: se trata del vínculo que establecen entre sí dos artefactos tecnológicos (computadoras, tablets, celulares) mientras generan en sus usuarios o propietarios la idea de que son ellos quienes se relacionan. De esta creencia nacen enamoramientos y supuestos noviazgos. Como en el film de Spike Jonze, no intervienen los cuerpos, las presencias reales, la textura de las pieles, los aromas, el destello sutil de una mirada, el aliento que acompaña a una voz. No es poco lo que está ausente, sobre todo si se considera al amor como una construcción que dos personas llevan a cabo en el tiempo y el espacio (tiempo real, espacio real) compartiendo experiencias felices y dolorosas, conociéndose gracias a ellas, armonizando diferencias mediante vivencias que los requieren presentes. Esa construcción no es abstracta: encarna. Encarnar es entrar en la carne. No hay encarnación donde no hay cuerpo. Cuando finalmente se llega al amor (porque es un punto de llegada y no de partida, es realidad y no ilusión, es certeza y no simple deseo) este, holísticamente, se expresa en el cuerpo, en la mente, en el alma.

En el mundo virtual se enamora de su propio deseo o fantasía. La comunicación humana depende de la palabra en un 30%. El resto es no verbal: gestos, miradas, movimientos, distancias, posturas, olores, contacto físico

EL DELIVERY AFECTIVO

La construcción amorosa incluye riesgos, incertidumbres, apagones, alumbramientos, descubrimiento. Trabajo. Compromiso. Es imposible, no cuaja, con deslealtades, con ocultamientos, con temores paralizantes, con manipulación. Mucho menos con pereza mental, avaricia afectiva, indolencia. Y, muchísimo menos, con delegación. Es una tarea indelegable, que no se puede tercerizar o dejar en manos de promesas tecnológicas. El amor real, el que cuando se construye encarna, significa ir al encuentro de otro igualmente real. Comunicarse con él, aprender esa comunicación, aprenderla desde el principio, porque al no existir dos personas iguales, todo acto de comunicación es artesanal y único. Comunicación no es conexión. La conexión es serial, masiva, en ella prima la tecnología por sobre el factor humano.

Una sociedad y una cultura en las cuales los temores superan a las certezas, en las que se piden garantías y se evaden riesgos, en las que el otro es sospechoso (o simplemente un instrumento para diferentes fines propios), en las que la confianza pierde espacios y la especulación los gana, en las que todo debe ser redituable y cuantificable, se ha ido convirtiendo en campo fértil para publicitar el amor virtual como el non plus ultra de las relaciones sentimentales. Una suerte de delivery afectivo consistente en pedir desde casa (apostado ante la pantalla de turno) y esperar que llegue. Sin moverse, sin arriesgar, sin trabajo, sin conocer los ingredientes ni participar de la cocción. Con ciertas ventajas aparentes sobre el “cuerpo a cuerpo” y el “cara a cara”. Se pueden simular identidades, fingir destrezas, maquillar perfiles e imágenes y hasta elegir nombres. Puede ocurrir (ocurre frecuentemente) que las relaciones virtuales sean vínculos entre dos fantasmas. Dos que no son quienes dicen ser mientras se aferran a la ilusión de que el otro sí sea tal como se describe a sí mismo. En ese caldo se suelen cocer dolorosas decepciones, que a veces se producen en el momento de la primera cita verdadera o poco después, cuando la virtualidad deja su lugar a la realidad.

UN ANCHO MUNDO PARA EL AMOR

A esta altura del presente texto habrá quien pueda decir, con razón, que está en pareja con una persona que conoció en el mundo virtual y es feliz con ella, o quien cuente la historia de un amigo íntimo que conoció a su cónyuge en Internet y construyeron una familia feliz y con hijos. Probablemente sea verdad. Como es cierto que hay parejas felices que se conocieron en un lavadero automático, en la cola del súper o del colectivo, en un bar, en la boda de unos amigos comunes, en un cumpleaños, en el colegio, en el trabajo, en un club, en un viaje, en un velorio, en un curso, en decenas de otros lugares o simplemente en la calle. Desde que existimos en el mundo, las personas se conocen en el vasto e inagotable escenario que ese mundo ofrece generosamente. Y es allí, en ese universo de otros reales y carnales, en donde se desarrollan destrezas fundamentales para la vida humana. Destrezas para la comunicación, para el relacionamiento, para el encuentro, para el intercambio, para la cooperación, para el entendimiento, para el trazado y la realización de proyectos comunes y trascendentes.

No hay tecnología que remplace estos dones ni que permita desarrollarlos sin presencia y sin compromiso. Pero las hay, y cada vez más sofisticadas, para generar la ilusión de que se puede vivir en una burbuja esterilizada, a prueba de realidad. El amor, sin embargo, se niega a quedar encerrado en esa burbuja. Pide aire, mundo, presencia, cuerpo, piel, compromiso, paciencia, experiencias, vivencias. Nos desafía a salir de las zonas de confort infecundo. En el mundo real, más allá del resultado final, uno se enamora de una persona tangible. En el mundo virtual se enamora de su propio deseo o fantasía. La comunicación humana depende de la palabra en un 30%. El resto es no verbal: gestos, miradas, movimientos, distancias, posturas, olores, contacto físico. Cuando esto último se escamotea el resultado está a la vista: más soledad real en un mundo cada día más virtual.

(*) El autor es escritor y periodista. Sus últimos libros son "Inteligencia y amor" y "Pensar"

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