¿Por qué algunos platenses nos colocamos el cinturón de seguridad recién al descender la Autopista y llegar a la Ciudad de Buenos Aires? ¿Por qué nos animamos a hablar por teléfono mientras conducimos en nuestra ciudad pero de ningún modo nos comportamos así en otros lugares?
Al evaluar la baja probabilidad de ser multado por éstas y otras infracciones algunas preguntas que me hago desde hace tiempo parecen responderse juntas y de repente. No sólo el monto de la pena es bajo, sino que es escaso el personal que debe aplicarlo, es decir, en la mayoría de las veces sólo un ejercicio de conciencia nos limita a no excedernos y contribuir al caos. El descontrol en el control es lo que explica entonces por qué pasa lo que pasa. Por qué a diario se ven coches pasando en rojo, circulando a alta velocidad o haciendo maniobras que obligan a los más próximos a estar atentos a esquivar.
Es como si en medio del frenesí diario los platenses olvidásemos que son nuestras familias y nuestros amigos los que están también circulando por ahí afuera y que el respeto por las normas es -en este caso más que nunca- el respeto por la vida. Tal vez una política que se enfoque en el mantenimiento vial pero también en un ordenamiento que labre penas de montos ejemplares nos ayude a recordarlo. Al menos, en Buenos Aires nos funciona, después de todo no es novedad que somos hijos del rigor.
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