Dedicación, solidaridad, don de gentes, avidez por incorporar nuevos conocimientos y generosidad para compartirlos caracterizaron a Juliana de la Iglesia. Su fallecimiento causa un profundo dolor entre quienes fueron testigos de los pasos breves pero fecundos que dio en la senda de la medicina clínica, una profesión que abrazó con responsabilidad y vocación de servicio.
Hija de Cristina María Madyda -docente- y Pablo de la Iglesia -abogado y técnico en ortopedia-, hermana menor de Andrea Viviana y mayor de Fernando Pablo, Juliana María tenía 37 años. Nació en nuestra ciudad el 19 de febrero de 1979; las calles angostas y los jardines de Villa Castells, en la zona de 502 y 10, fueron el escenario de su infancia y adolescencia, junto al campo de deportes del club Universitario, en el que practicó natación y waterpolo.
Las primeras etapas de su formación transcurrieron en el colegio Corazón Eucarístico de Jesús; cursó preescolar, primario y secundario en las aulas del complejo educativo cercano a plaza Rocha, para luego inscribirse en la facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de La Plata.
Graduada como médica clínica, con especial interés en los temas relacionados con la gastroenterología, hizo guardias en el hospital platense San Martín -ex Policlínico- y residencia en el Mario Larraín de Berisso, a cuyo plantel se incorporó cumplida esa práctica.
A la par de atender un consultorio particular en City Bell, y cubrir guardias en la localidad de Punta Indio, le entregó numerosas horas en condición “ad-honorem” a la salud pública, en el centro asistencial de la ciudad ribereña.
Casada con Federico Salguero desde hace una década, eligió Gonnet, la tierra de su infancia, para sentar los cimientos de su hogar familiar. Tuvo dos hijos: Juan Manuel y la pequeña Lucía Rosario.
Emprendedora, viajera, “amiguera y apasionada por la medicina”, según la describieron los suyos, disfrutaba particularmente de los reencuentros familiares con sus hermanos, que también siguieron caminos profesionales: la mayor como abogada y jueza, el menor como arquitecto.
Siempre bien predispuesta para transmitir a los aspirantes a médicos su experiencia y el grado de compromiso que conlleva tener en sus manos la salud de un paciente, contribuyó con el ejemplo y el consejo atinado en la formación de decenas de residentes.
Estrechamente vinculada con el Eucarístico, por el que sentía un cariño especial, participó hasta su adolescencia en grupos de actividades espirituales y religiosas. El próximo domingo, la institución situada en diagonal 78 entre 5 y 6 ofrecerá, a partir de las 12, una misa para honrar su memoria.
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