La decisión sabia del papa Francisco ha querido ser una suerte de exhortación para todos los fieles, pero especialmente para nosotros sacerdotes como ministros de la misericordia. En este año de gracias y de alegrías enormes nos sentimos gratamente alentados a ejercer esta misericordia con nuestros hermanos. Sin importar la gravedad del pecado o de la transgresión, Dios nos muestra su rostro más hermoso, el rostro que no condena ni segrega, sino aquel que nos reúne en torno suyo para celebrar la fiesta de la reconciliación. El Papa nos alerta acerca de la gravedad que conlleva el aborto, un pecado grave, ya que implica poner fin a una vida humana inocente, pero que constituye, al mismo tiempo para muchas personas, una pesada carga difícil de sobrellevar. Ante el conocimiento de esta situación, el Pontífice ha querido “que ningún obstáculo se interponga entre la petición de reconciliación y el perdón de Dios”.
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