CESAR AIRA
Escritor
Todo este asunto pertenece al rubro de lo cómico. No sólo porque jueces, abogados, fiscales, camaristas, gente grande y diplomada hace como cinco años que se está ocupando de un libro que no ha leído, sino también porque el mismo lenguaje jurídico me hace pensar en lo cómico que llega hasta prescripción, que es cuando un chiste deja de causar gracia. El escritor que ha cometido la imprudencia feliz de leer es casi seguro que sienta que ya todo está escrito, que no vale la pena seguir escribiendo, puede sentir ese momento de parálisis, y es ahí cuando tiene que hacer algo para salir de esa fascinación que le ha producido lo que ha leído. Casi todos hemos sentido eso. Me tomé en serio la máxima que dice que admirar con moderación es signo de mediocridad, mis admiraciones siempre han sido excesivas; en mi juventud leía algo y caía de rodillas. Todo eso que se puede hacer con los escritores admirados: la glosa, la imitación, la parodia, entra en el rubro general de experimento. Ahora bien, Borges es un caso especial, en parte por ese cruce de lo universal con lo nacional; lo admiraríamos igual si fuera ruso, chino o boliviano, pero es argentino, como nosotros.
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