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Las dos Alemanias y los muros de la intolerancia

Las dos Alemanias y los muros de la intolerancia

Por Redacción

POR

JUAN PABLO PETTORUTI (*)

Los vecinos de una localidad de Munich han tenido una novedosa idea: construir un muro de concreto de 4 metros de altura para dividir su barrio de un alojamiento para refugiados.

* * * * * *

Hace unas semanas, un colega traía a colación en una charla interesantes recuerdos sobre el día en que el muro de Berlín comenzó a caer. Él recordaba estar jugando una especie de mete gol en la calle, usando el muro de arco.

El juego se terminó cuando unos hombres se aparecieron con mazas y picos, apartaron a los chicos y comenzaron a destruir la absurda pared. Para cuando se abrió un hueco, me contaba Mesut, la boca-calle ya se encontraba repleta de personas abrazándose y el flujo de gente que tanto tiempo había estado restringido, comenzó para no detenerse nunca más. El este y el oeste volvieron a mezclarse, pero el este y el oeste nunca fueron uno de nuevo.

Hasta el día de hoy se perciben las diferencias entre quienes nacieron y/o vivieron del lado comunista y quienes lo hicieron del otro lado. Las marcas de ese pasado no tan lejano continúan a la vista. Sin embargo, la sociedad da por sobreentendido que su nación no debería tropezar dos veces con la misma piedra: así como no habrá una nueva Segunda Guerra Mundial, tampoco se construirá un nuevo muro divisorio.

No obstante, y por más absurdo que esto pueda parecer, en la localidad de Neuperlach-Süd (Munich) se ha construido un muro de cuatro metros de altura y unos cincuenta metros de largo, para dividir (y aislar) una zona de alojamiento para refugiados menores de edad sin tutela, de los demás barrios circundantes. Esta iniciativa surgió de los vecinos de Neuperlach-Süd, bajo el argumento de que la cercanía del alojamiento (y las personas que allí habitan) con sus hogares, generaban en ellos cierta “inquietud“. Las autoridades que implementaron el proyecto se refieren al mismo como un Schallschutz Mauer (muro para contener altas emisiones sonoras). Quienes rápidamente reaccionaron ante el descabellado emprendimiento, señalan con atino que las llamadas defensas acústicas se instalan generalmente entre las autopistas y las casas que lindan con las mismas, con el fin de retener las fuertes emisiones sonoras producidas por los vehículos.

Estas delgadas barreras acústicas no llegan a medir cuatro metros de altura, no son de concreto gris y no se construyen en medio de un barrio. Por otra parte, quienes han dado el ok final a la polémica construcción, establecieron ciertas reglas con respecto a la función de la misma: el muro no debe ser usado para actividades de tiempo libre tales como trepar o jugar a la pelota.

Existen dos Alemanias: la habitada por ciudadanos que entienden que “todo individuo es pluricultural, ya que las culturas no son islas monolíticas, sino aluviones que se entrecruzan” (**), y está la Alemania habitada por ciudadanos de corto alcance, apremiados por la pandemia de la intolerancia. Tanto es así, que es en este país donde el contrabajista Raed Jazbeh (nacido en Aleppo, Siria) ha logrado fundar la Syrian Expat Philharmonic Orchestra, que integra al campo laboral alemán a más de 50 músicos profesionales sirios refugiados. Es también en Alemania donde el proyecto de integración “Ton-Talente” y el programa pedagógico “Qwer-Klang” (“sonido cruzado”, o “a través del sonido“), que trabajan en el campo del arte con niños y jóvenes de diferente procedencia sociocultural, son ofrecidos como materias optativas en muchas escuelas públicas. En este mismo país, un partido político de derecha radical que propone regular las grillas de los teatros para asegurar la continuidad de un supuesto espíritu musical germano, gana inesperadamente las elecciones en una importante región (Mecklemburgo-Pomerania), y un grupo de vecinos, sin impedimento legal alguno, construye un desagradable monumento a la intolerancia. Estas dos realidades (la que apoya la integración del refugiado y la que construye un muro para excluirlo) conviven y se encuentran en el confundido subsuelo teutón.

El vecino de Neuperlach-Süd entiende que la construcción de un muro divisorio es la solución a la profunda podredumbre que le hostiga. Creer que el otro es en sí un problema, es un peligroso malentendido que tiene sus bases en un argumento falaz que brota una y otra vez en cada rincón del mundo cada vez que ve su oportunidad, cada vez que el pensamiento crítico, social y humanístico se resquebraja. Expresar la propia intolerancia sin tapujos o usar la intolerancia como pilar de campañas políticas, no es políticamente incorrecto, sino lógicamente incorrecto y hasta en algunos casos políticamente acertado, ya que no hay cadena argumentativa que lleve en buena forma a despreciar al otro a partir de una valoración absoluta, y por otra parte, la utilización de esta siniestra falacia argumentativa significa, en algunos casos, un factor determinante para la victoria de los representantes políticos en instancias electorales.

El padre de Mesut llegó a Alemania a trabajar en una fábrica, producto del convenio de trabajo que este país firmara con Turquía en tiempos de postguerra. Gran parte de la fuerza de trabajo alemana había fallecido en el campo de batalla por lo que la nación germana, que buscaba resurgir de los escombros, se hizo a la búsqueda de extranjeros prestos a trabajar, producir y consumir. El padre de Mesut juntó un dinero y pudo dar comienzo a su propio emprendimiento. Alemania fue desde entonces su nuevo hogar, y el hogar de sus hijos y nietos. Las divisiones perduran por sobre los escombros, tardan en curarse. Luego de 27 años, los efectos del muro con el que Mesut nació todavía no han caído. ¿Cuánto más tardaran en caer los efectos de los muros de hoy?

(*) Músico platense residente en Alemania.

(**) Cita de Tzvetan Todorov en “El miedo a los bárbaros”.

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