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Playas, amores y desolación

“Pinamar”, de Federico Godfrid, es parte de la Competencia Argentina

Por Redacción

A pesar de que la adolescencia argentina es una experiencia única, fuertemente barrial, marcadamente pasional, conflictiva y violenta, el cine argentino tiene pocas historias del género “coming of age”, que no es lo mismo que decir “cine para adolescentes”. Cris Morena llevó numerosas veces sus productos al cine, mientras que recientemente Martín Piroyanski experimentó cómo sería adaptar las convenciones norteamericanas del hormonal subgénero al Delta del Tigre, pero la adolescencia sigue siendo una etapa explorada poco y con poca profundidad por el prolífico cine argentino.

En ese contexto se inserta “Pinamar”, la cinta de Federico Godfrid que compite en la Competencia Argentina del Festival de Mar del Plata con una propuesta cargada de una melancolía muy sentida, aunque por momentos sea un poco impostada, que como toda propuesta romántica termina atravesando a los personajes para instalarse en una ciudad costera fría, vaciada de turistas, fuera de temporada.

Godfrid subvierte así el habitual tratamiento festivo de la adolescencia con una cinta sobre dos hermanos que viajan a esa ciudad para vender la casa que fue de su madre, fallecida en un accidente, un ámbito donde los fantasmas acechan en cada recuerdo, en cada rincón de la desolada Pinamar.

El cineasta camina por las líneas tradicionales de un género transitado, utilizando las convenciones como marcos para que las emociones afloren sutiles, complejas y poderosas, desde fórmulas probadas. Algunos planos costeros asoman algo preciosistas y menos inspirados, pero finalmente Godfrid se sale con la suya y narra esta historia de rivalidad fraternal (que es una historia de amor, claro: porque en toda playa con adolescentes hay una chica dispuesta a mover pisos) desde la azulada tristeza de la pérdida y la confusión del romance y la falta de rumbo que confronta a la juventud al borde de la adultez.

Y gran responsabilidad en que esta propuesta subrepticiamente taciturna, con la oscuridad acechando en cada paso de comedia deje al espectador sonriente y satisfecho, no tiene que ver con la conquista final de la mujer (una resolución de fórmula, a pedido de las expectativas de la trama), sino con el trabajo de Godfrid con los dos actores. Juan Grandinetti (el hijo de Darío), es el reacio Pablo, que se envuelve a sí mismo en misterio y que “no estoy acá para pasarla bien” y que realiza un gran trabajo de contención emocional, mientras a su lado Agustín Pardella, el hermano “simpático”, se hace cargo de su “hormonazo” aún en pleno duelo y se roba las escenas (pero no el corazón de la chica).

Una cinta sobria, sin fisuras, con risas y emociones del director de “La Tigra, Chaco”, dueño de un cine con espíritu indie, alma de silencios y sutilezas, y un marcado estilo clásico.

Pedro Garay

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