El 21 de noviembre de 1976, el público conoció a Rocky Balboa, el boxeador zurdo del sur de Filadelfia. Cuatro décadas después, el entrañable personaje de Sylvester Stallone continúa resonando entre millones de admiradores que, lejos de ver las fallas de una saga inflada por momentos con anabólicos y con escenas que explotan los estereotipos y destilan nacionalismo estadounidense, se sienten magnetizados y emocionados por su relato de determinación y valor y por el encanto de un personaje más grande que la vida misma.
Pocos recuerdan, sin embargo, que aquella “Rocky” original era una producción independiente, realista y marcada por la depresión estadounidense, una luz de esperanza para un sueño americano que se desmoronaba y que la película muestra sin edulcorante.
Escrita por Stallone en apenas tres días, los admiradores se enamoraron de esta balada de Rocky Balboa, un boxeador de poca monta del barrio italiano del sur de Filadelfia se tropieza con el campeón mundial de peso pesado, el invencible Apollo Creed que, aburrido, acepta pelear con un boxeador de poco relieve pelea para celebrar la esencia del sueño americano durante el bicentenario de Estados Unidos.
Rocky (interpretado por el propio Stallone, entonces él mismo un actor de poca monta que impuso como condición para filmar su guión que él fuera el protagonista) se entrena en las más precarias condiciones con el sabio pero avejentado y amargado Mickey Goldmill (Burgess Meredith), mientras intenta conquistar el amor de una empleada de una tienda de mascotas del vecindario, Adrian (Talia Shire). Rocky perderá la pelea, pero demostrará su valor y ganará además el corazón de la extremadamente tímida Adrian, lo que lo hace ganador de mucho más que un título.
RIESGO
La película en sí fue un riesgo: se hizo con un presupuesto de apenas un millón de dólares en 28 días y con un elenco de actores mayormente desconocidos. Y se rodó en la Filadelfia de clase trabajadora, una ciudad que, pese a sus raíces como crisol de la libertad, era considerada de segunda frente a grandes cosmopolitas de la costa este como Nueva York y Boston.
Pero la cinta compensó la falta de dinero con sentimiento, en el espíritu de Rocky, algo que resonó con el público a nivel mundial: la cinta fue la más lucrativa del año, con ingresos de 117 millones de dólares en Estados Unidos y Canadá y otros 107 millones de dólares en el exterior; además, recibió 10 nominaciones al Oscar en nueve categorías y ganó tres: mejor película, mejor director (John G. Avildsen) y mejor edición. Stallone, Burgess y Shire fueron todos nominados por sus actuaciones, y Stallone fue postulado además por el guión.
La película terminaría encarnando la misma historia que retrata en la pantalla, al convertirse, cuando nadie apostaba por ella, en una cinta que es hoy preservada por el Registro Nacional de Cine de la Biblioteca del Congreso como una película “cultural, histórica o estéticamente importante”. También ha sido calificada como una de las mejores cintas deportivas de la historia y la segunda mejor sobre boxeo, después de “Raging Bull” (”Toro salvaje”), según el Instituto de Cine Estadounidense.
Y mucho tuvo que ver en este sentido la increíble banda sonora escrita por Bill Conti. El tema principal, “Gonna Fly Now”, se concibió originalmente como una canción de relleno para la secuencia de entrenamiento que marca el recorrido de Rocky de pugilista amateur a contendiente, pero hoy no falta en ninguna lista de reproducción para hacer deporte de Spotify. La fanfarria de apertura es una de las más reconocibles en la cultura estadounidense, y la melodía ascendente que juega con el tema melancólico que se aborda a lo largo de la película es el telón de fondo para Rocky mientras éste hace impresionantes flexiones sobre un brazo, da puñetazos a enormes trozos de carne cruda en la carnicería del hermano de su novia y corre por el mercado italiano de Filadelfia, junto al río Schuylkill y los astilleros.
Apenas algunas de las escenas más reconocibles de una cinta que marcó a fuego a varias generaciones, que todavía hoy peregrinan a Filadelfia con el solo objetivo de correr las 72 escaleras del Museo de Arte de Filadelfia y levantar los brazos en un gesto de triunfo.
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