Con ruidosas declaraciones, que sacudieron la interna del oficialismo, Emilio Monzó se convirtió en la figura política de los últimos días. Presidente de la Cámara de Diputados, en el tercer lugar de la línea sucesoria, Monzó expuso dudas sobre la solidez política de Cambiemos, habló de la necesidad de cambios en el Gabinete nacional y propuso la incorporación de figuras del peronismo, como Florencio Randazzo.
Dentro del oficialismo hay algunos que “lo quieren matar”; otros que le reconocen la “valentía de decir lo que muchos piensan” y varios que le reconocen, a la vez, dosis de razón y de imprudencia política.
Monzó ha sido considerado, desde el inicio del proyecto presidencial de Macri, un arquitecto o “armador” político de Cambiemos. Venía del peronismo, antes había estado con De Narváez y se había iniciado como militante en la UCeDé.
Randazzo y Bossio son los nombres que mencionó Monzó como “ministeriables”. En el PRO no cayeron bien sus declaraciones aunque tratan de no hacer demasiadas olas
Tiene 51 años. Nacido y criado en el interior bonaerense, fue ministro de Agricultura de Daniel Scioli en los violentos tiempos de la resolución 125. Con Macri fue ministro de Gobierno porteño.
Desde su temprana juventud en la Ucedé de Alvaro Alsogaray, allá por la mitad de la década del 80, hasta su presente como uno de los hombres fuertes del oficialismo nacional, pasaron décadas en las que Monzó logró una “licenciatura acelerada” en peronismo (“los conozco a todos, sé cómo juegan”, suele decir) y se convirtió en experto en el siempre intrincado “armado”, consistente en seleccionar y atraer dirigentes en pos de lograr adhesiones para su proyecto. “Es entrador, simpático y muchas veces algo exagerado”, según la descripción publicada hace unos años en un perfil biográfico del actual presidente de la Cámara de Diputados.
Francisco de Narváez lo convocó cuando venía de derrotar a Néstor Kirchner en las elecciones legislativas de 2009 y soñaba con ser presidente, o al menos gobernador bonaerense. Pero fue con Macri con el que se puso definitivamente al hombro la tarea de tejer políticamente un armado que incluyera a dirigentes y militantes más allá de las fronteras capitalinas del PRO.
Conoce la política desde muy chico. Su padre, un español liberal con quien comparte nombre, fue concejal de su pueblo, Carlos Tejedor, aunque su “padre político”, el ucedeísta Francisco de Durañona y Vedia, fue quien lo instruyó en el arte de la negociación política. “Era muy militante, con mucha carga ideológica por la época que se vivía. Pero no soy el mismo de entonces”, dijo hace unos años en una entrevista. En la UCeDé compartió militancia nacional -por aquellos tiempos lejanos- con Sergio Massa, Amado Boudou y el ex titular de la AFIP Ricardo Echegaray.
A partir de 1995, cuando murió Durañona y Vedia, Monzó (que ya había pasado de la carrera de Medicina a la de Abogacía) empezó a acercarse a otro joven y promisorio dirigente bonaerense: Florencio Randazzo. “Fuimos muy amigos”, ha contado el propio Monzó. Después se pelearon y más tarde volvieron a acercarse. Ahora propone su incorporación al Gobierno de Macri.
En su pago chico cimentó su carrera política. Fue candidato a intendente en 1999 (perdió por cien votos) y cuatro años después logró llegar a la intendencia. Antes de ese 2003 de victoria, Monzó trabajó para Randazzo desde la Secretaría de Modernización del Estado del gobierno de Felipe Solá.
Con el kirchnerismo tuvo una relación complicada. Era ministro de Asuntos Agrarios de Scioli durante la “guerra” con el campo y no disimuló sus desacuerdos con la 125. Al final, Kirchner le pidió a Scioli que lo echara y quedó “expulsado” del poder.
A principios de 2010, se sumó a las huestes de Macri.
Futbolista frustrado (fue puntero izquierdo en Independiente Liberal sin mucho suceso), Monzó encuentra tranquilidad los fines de semana en Tres Algarrobos, con su mujer, Karen Sánchez, y sus cinco hijos.
Con fama de “hábil negociador”, Monzó ha forjado una carrera política que lo llevó, en esta etapa, a uno de los más encumbrados niveles de la política nacional. Ejerce un cargo con cierta autonomía. Y de eso parece valerse para salir a marcar diferencias y matices en el escenario oficialista.
Con el Presidente ha tejido una relación de confianza personal, aunque está claro que no integra el círculo íntimo de Macri ni tampoco la llamada “mesa chica” de Olivos.
“Inteligente y educado”. De esa manera calificó Emilio Monzó a Máximo Kirchner, para enojo de muchos dirigentes de Cambiemos. Aclaró: “Hablaba del trato formal”
Con quien no ha tenido nunca una relación del todo aceitada ha sido con la gobernadora María Eugenia Vidal. Son conocidos, en la política, los recelos mutuos. Sin embargo, en el último tiempo tuvieron un acercamiento y se llegó a mencionar la posibilidad de que un hombre de Monzó pase a ocupar el ministerio de la Producción en la Provincia.
¿Algo de fondo cambiará después de las posiciones que ha asumido en estos días? Las respuestas son tan variadas como voces distintas hay en el oficialismo. El Presidente -contó el propio Monzó esta semana- “todavía no me ha dicho nada”.
En una semana con tensiones políticas (después de que el peronismo rechazara la reforma electoral que impulsa el Gobierno) las declaraciones de Monzó llamando a una “oxigenación” del Gabinete no han pasado, ni mucho menos, inadvertidas. Habrá que esperar para saber si la espuma baja.
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