Fidel Castro estuvo por primera vez en la Argentina en mayo de 1959, para participar de una reunión de la OEA y lo hizo acompañado por la plana mayor del gobierno cubano. En esos días, la gran duda era saber si la administración castrista era o no marxista. Los periodistas argentinos no dejaron de preguntarle eso y Fidel, vestido de verde militar, contestaba con eufemismos: “Si nosotros estamos sinceramente preocupados de que nuestros países vayan a caer en una dictadura de izquierda, justo y honrado es que mostremos igual preocupación por que los pueblos no caigan en manos de dictadores de derecha”. Recién un año después se reconocerían marxistas.
En esos días era presidente de la Argentina Arturo Frondizi, que después de haber sellado un decisivo pacto con Juan Domingo Perón, había triunfado en las elecciones presidenciales del 23 de febrero de 1958.
Pocos saben que en esas jornadas, Fidel Castro, acompañado por el presidente de Cuba, Osvaldo Dorticós (vestido con un impecable traje azul), Ernesto “Ché” Guevara y otros combatientes cubanos, todos con el uniforme verde y las boinas que los caracterizaban, hicieron un paso relámpago por la Universidad de La Plata. Este cronista, entonces estudiante secundario, fue testigo ocasional de la llegada y luego ingresó (como de colado) a ver ese encuentro de los cubanos con un grupo de estudiantes en el interior de la Universidad.
El clima político e ideológico, tanto interno como internacional, era muy movido en esos años. Durante su gestión, Frondizi se propuso reactivar –y en buena medida lo logró- el desarrollo industrial, sobre todo en áreas básicas como la siderurgia, petróleo y maquinarias, para lo cual recurrió a la inversión extranjera. La región patagónica, por el petróleo, y la ciudad de Córdoba por la radicación de varias fábricas de automóviles –entre ellas la de IKA (Industrias Kaiser Argentina)- se vieron ostensiblemente favorecidas. En política, el líder del radicalismo intransigente se había opuesto a la exclusión de Cuba del sistema interamericano y por ello sostendría en 1961 una reservada entrevista con el Che Guevara, muy controvertida entonces y uno de los motivos que llevó a su derrocamiento por los militares.
Lo cierto es que en esos días de mayo de 1959 tres autos negros, con los vidrios polarizados, estacionaron de pronto en 7 entre 47 y 48, sobre la mano que va hacia la plaza Italia. Y de esos vehículos descendieron presurosamente Dorticós y los entonces aún jóvenes Fidel, el Che y otros combatientes. El grupo avanzó raudo hacia el patio del Rectorado y fue recibido por unos 200 ruidosos estudiantes. Los cubanos subieron por las escaleras de la derecha, que llevan a los balcones del primer piso y desde allí le hablaron a la bulliciosa audiencia que estaba en el patio.
Este cronista recuerda que primero habló un Dorticós, muy formal, casi aburrido. Después expuso Fidel Castro y en la memoria quedan el tono aguerrido de la voz, los gestos como de un enojado director de orquesta y esta frase que pronunció contra quienes eran en esos años resortes claves de la prensa en América: “Sepan que nosotros, los cubanos, no le tenemos miedo a la SIP, ni a Jules Dubois ni a Gaínza Paz”.
Fue todo rápido. Era evidente que no había existido invitado oficial, que el encuentro había sido organizado por los estudiantes. Los cubanos volvieron hacia los autos negros rodeados por los jóvenes y ése es el recuerdo de Fidel en La Plata, cuyo paso por el patio del Rectorado no debe haber superado los quince minutos.
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