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La relación futura de la isla con EE UU, rodeada de incertidumbre

Por Redacción

Hay dudas sobre los planes de Trump para La Habana

El fallecimiento de Fidel Castro elimina la que durante muchos años fue la única barrera psicológica para una relación más cercana entre EE UU y Cuba. Pero se suma también a la incertidumbre que rodea a la transición del gobierno de Barack Obama al de Donald Trump. Era “un dictador brutal” de una “isla totalitaria”, afirmó el presidente electo, haciendo hincapié en el trauma histórico que sigue separando a los dos países. Un Obama más contenido, trabajando para preservar su propio intento de reconstruir esos vínculos, dijo que la historia determinará el impacto de Castro y que el pueblo cubano reflexionará “con fuertes emociones” sobre cómo su longevo líder influyó en la nación.

Tanto en vida como tras su muerte, Fidel genera opiniones dispares: ¿revolucionario que resistió la agresión estadounidense o un dictador despiadado cuyo movimiento pisoteó los derechos humanos y las aspiraciones democráticas? El presidente Raúl Castro, el hermano menor de Fidel y su sucesor, tiene 85 años. Su Partido Comunista no muestra signos de apertura política pese a acordar con Washington la reapertura de sus respectivas embajadas y facilitar un mayor comercio e inversión.

Cuando Obama deje la Casa Blanca en enero, su decisión de comprometerse en lugar de presionar a La Habana con la esperanza de forjar nuevos lazos podría irse pronto a pique. Trump no ha elogiado los esfuerzos y los líderes republicanos en el Congreso se opusieron con dureza a los llamados de Obama para poner fin al embargo comercial a la isla impuesto hace 55 años por EE UU. “Hoy, el mundo celebra el fallecimiento de un dictador brutal que oprimió a su propio pueblo durante casi seis décadas”, apuntó el republicano. “El legado de Fidel Castro es de pelotones de fusilamiento, robo, sufrimiento inimaginable, pobreza y la denegación de derechos humanos fundamentales”. Trump se mostró esperanzado con que el deceso de Castro suponga un “alejamiento de los horrores” hacia un futuro donde los cubanos vivan en libertad. Pero no mencionó el proyecto de deshielo de Obama e incluso elogió el respaldo electoral recibido de los veteranos que participaron en la fallida invasión de Bahía Cochinos en 1961, que estuvo respaldada por la CIA. Estas declaraciones podrían irritar a La Habana tras un período de dos años de intensas discusiones diplomáticas con Washington que han hecho más por mejorar las relaciones entre ambos países que cualquier otra cosa en las cinco décadas y media anteriores.

La era de Castro comenzó con una insurrección que derrocó a Fulgencio Batista, hombre fuerte de EE UU, en 1959. En ese momento, con sólo 32 años, Castro era el líder más joven de Latinoamérica e inspiró a revolucionarios en lugares tan lejanos como Africa y Asia. Pero la Cuba socialista de Castro era de todo menos idílica y EE UU pronto se convirtió en su principal oponente. Miembros del gobierno de Batista fueron sometidos a juicios sumarios, con al menos 582 ejecutados en pelotones de fusilamientos en los dos primeros años de gobierno de Castro. Los diarios independientes fueron clausurados. Los homosexuales fueron enviados a campamentos para su “reeducación”. Decenas de miles de personas se convirtieron en presos políticos. Cientos de miles de cubanos huyeron de la isla. Tras la desaparición de la Unión Soviética, la economía cubana colapsó. En Miami y en otras ciudades de EE UU, se creó una poderosa comunidad de exiliados opuestos a cualquier mejora de las relaciones con el gobierno de Castro. Esta dinámica comenzó a cambiar hace una década, cuando Fidel se retiró de la vida pública por su mala salud y entregó las riendas del país a Raúl en 2008, que inició reformas económicas limitadas. Cuando el gobierno cubano liberó al prisionero estadounidense Alan Gross y aceptó un intercambio de espías con Washington en 2014, Obama y Raúl Castro sintieron que por fin tenían la confianza suficiente para embarcarse en un viaje hacia el deshielo. Aunque se abrieron algunas inversiones estadounidenses y las restricciones de viaje a sus ciudadanos son ahora menores, la normalización es limitada por el embargo. Trump nunca presentó de forma clara sus objetivos con Cuba. La ambigüedad deja el reciente acercamiento en el limbo. Y no está claro si la partida de Fidel hará cambiar a Trump.

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