Con el aroma a indecisión que se percibe en las calles, aquí en Florida, los comicios presidenciales del 8/11 se presentan como una sucia campaña electoral de estilo muy argentino. Desde el candidato republicano Donald Trump llueven acusaciones y exabruptos contra su rival demócrata Hillary Clinton por el contenido de sus discursos y el manejo prohibido de su e-mail. Por parte de la dama hacia el magnate, acusaciones de xenofobia, racismo y hostigamiento sexual a las mujeres. Aquí, quizás cómo nunca antes, no se percibe entusiasmo por parte de la ciudadanía con ninguno de los candidatos, lo que se ve con preocupación.
Desde las pasadas elecciones del año 2012 hay 3,4 millones de latinos en este país que han cumplido 18 años y están en condiciones de votar. La cantidad total de votantes hispanos trepa hoy hasta el 65% con edad promedio de 44 años. Ellos están disconformes con ambos postulantes porque en sus agendas no figuran temas relevantes para la gente, por ejemplo cuál será la suerte real de la enorme cantidad de extranjeros indocumentados y residentes que viven, trabajan y han formado sus familias en este suelo. O en caso de los estudiantes, cómo pagarán la deuda de sus estudios luego de la universidad. Además no se han tocado puntos vitales cómo la protección ambiental (aquí la contaminación es altisíma) el sistema de salud y la seguridad social. Tampoco tiene señales claras el votante sobre qué país serán los EEUU en los próximos 4 años, si uno que acepta la diversidad racial y los extranjeros, o uno que se encierre en sí mismo y pretenda recuperar el pasado nostálgico donde los blancos anglosajones eran la contundente mayoría. Obviamente no será fácil la cuestión porque en estas calles se escuchan todos los idiomas de la Torre de Babel.
Algunos analistas políticos locales comparan a Trump con el magnate Rosa Perote, quien también se presentó y perdió la elección por los Republicanos en 1992, y temen que ahora suceda de nuevo con este señor autoritario de enorme fortuna, pero que se refiere al país como si fuera su empresa, además de sus bravuconadas, propias casi de un pandillero. Pero tampoco son todas rosas para Hillary, que no llega a enamorar como se pretendía. Las encuestas de los últimos días no parecen asegurarle nada a ninguno de los dos.
Igual que sucedió en las elecciones de Barack Obama, se afirma que el estado de Florida puede definir estos comicios presidenciales en favor de Hillary con el voto de los latinos que realmente trabajan y residen, siendo el tercer Estado más poblado del país, con 20.2 millones de habitantes.
Hasta el momento han hecho votación adelantada por correo y personalmente unos 1.8 millones de personas. En uno de estos distritos de Florida, llamado Broward, hay alrededor de 590.000 demócratas registrados y más de la mitad son negros, hispanos y de otras minorías. Con ellos Hillary pretende bloquear los votos republicanos de los conservadores lugareños hacia Trump.
La situación parece valorar el “daño menor” a la democracia norteamericana entre dos candidatos al sillón más poderoso del mundo que no convencen definitivamente. Los más osados, ven ya sentada allí a una dama de dudosa credibilidad, pero la prefieren al desastroso resultado que consideran estallaría con un triunfo de Donald. Entonces aconsejan a la población centrarse en el Congreso para ver si los republicanos seguirían siendo mayoría, o la podrían obtener los demócratas.
En síntesis, ante una inédita incertidumbre como nunca antes se recuerda, el norteamericano clásico sabe que la Nación debe seguir su curso y que los ciudadanos pueden velar por ello manteniendo un efectivo balance en el Congreso.
(*) Fiscal de Juicio de La Plata
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