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Déjalo por mi cuenta

Por Redacción

Escribe Monseñor DR. JOSE LUIS KAUFMANN

Queridos hermanos y hermanas.

Felipe es un adolescente con sanas inquietudes. Los pedidos y reclamos a sus padres eran más que frecuentes. No se trata de cosas nimias, al contrario, pues sus requerimientos tienen seriedad. Quiere saber asuntos científicos, quiere tener buena bibliografía, quiere ser reconocido y aceptado por sus hermanos. Pero todo le resulta más o menos al revés. Mientras su madre lo mima con alguna delicadeza, mantiene un diálogo con su padre, quien le reprocha su premura y le subraya su corta edad, concluyendo: “déjame a mí, yo soy tu padre, yo sé que es lo mejor para ti, ¡déjalo por mi cuenta!”

Los cristianos, en nuestra relación con Dios, con más frecuencia de lo imaginable, también solemos querer respuestas prontas y precisas a nuestras súplicas y oraciones. De hecho, decimos más “Señor, yo quiero...”; “Señor, yo necesito...”; “Señor, yo te pido que me des...”; mientras decimos menos “Señor, acepto este sufrimiento…”; “Señor, te doy gracias por…”; “Señor, te pido perdón por…”.

Pero Dios no es un adolescente que entra en los juegos de quienes, aún con sanazzzzs inquietudes, piensan que todo se trata de un tablero donde Dios pone y saca según nuestras indicaciones. La oración, que es una actitud de apertura a la Voluntad de Dios, en una dimensión humilde y agradecida por cuanto Dios nos brinda más allá de lo que nosotros suponemos, un diálogo amoroso que no tiene pretensiones, en una búsqueda de agradar al Señor en cuanto hacemos, decimos y pensamos... la oración espera confiadamente sólo lo que Dios quiere y nunca jamás lo que nos gustaría. Y esto parece que no se entiende o no se quiere entender.

El Señor asegura los pasos del hombre en cuyo camino se complace: aunque caiga no quedará postrado porque el Señor lo lleva de la mano

“Los que temen al Señor, esperen su Misericordia, y no se desvíen, para no caer. Los que temen al Señor, tengan confianza en él, y no les faltará su recompensa. Los que temen al Señor, esperen sus beneficios, el gozo duradero y la Misericordia” (Eclesiástico 2, 7-9).

Cuando nuestras súplicas se hacen insistentes, quizás deberíamos aprender a escuchar las respuestas, tan delicadas y comprensivas, que Dios va poniendo en nuestro pobre corazón. Por ejemplo: “No te apures, todavía no es el momento”; “Ya lo sé, déjalo por mi cuenta”; “Lo que tú quieres no es lo mejor, ni para ti ni para los otros”; “Yo soy tu Dios y te cuido en todo para que seas feliz”; y otras por el estilo.

Aprender a abandonarnos en el Amor providente de Dios es el mejor “seguro de vida”, es la mejor garantía de paz y armonía interior, es la única libertad verdadera. Sólo es necesario tener buen equilibrio integral.

“Encomienda tu suerte al Señor, confía en Él, y Él hará su obra... Descansa en el Señor y espera en él... el Señor se preocupa de los buenos... El Señor asegura los pasos del hombre en cuyo camino se complace: aunque caiga no quedará postrado, porque el Señor lo lleva de la mano... La salvación de los justos viene del Señor, Él es su refugio en el momento del peligro; el Señor los ayuda y los libra, los salva porque confiaron en Él” (Salmo 37 [36]).

Cabe preguntarse: si tantas cosas nos resultan adversas, ¿no será porque carecemos de la confianza en Aquél que puede darnos todo? Con profunda fe y valentía filial, hagamos una generosa entrega a Dios de lo que en realidad es de Él, pero confiando en que Él siempre nos da lo mejor, aunque no lo entendamos.

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