Muchas veces, quienes intentamos compartir la práctica del Ashtanga Vinyasa Yoga (o cualquier otra forma del Hatha Yoga), nos vemos ante la necesidad de tener que poner en palabras lo que no tiene nombre. Tratamos de sugerir que la práctica física del yoga, nunca es sólo física, y lejos está de identificarse con la forma externa. Pero aunque hacemos hincapié en la paciencia, en el respeto, en el intentar afianzar la presencia sin pensar en lo que viene, en mantenernos atentos y darle paso a la renovación constante del origen, del inicio en cada respiración; en tener Fé y entregarse a la práctica sin miedo, confiando en ella y en la sabiduría de los maestros que la transmitieron (cuestiones que se comprenden sólo con la experiencia) ; tarde o temprano siempre llegan las variadas preguntas del practicante: “¿Cuándo llegaré a tal postura?” “¿Puedo modificar la secuencia?” “ ¿Por qué necesito un maestro si ya aprendí cómo armar las posturas?”, etc...
Hay que recordar que el Yoga no es una gimnasia, que no se trata de la forma, sino de la energía. Y lo que el maestro humildemente lee o busca leer en el alumno, es eso, su energía. cómo la usa, cómo circula, si el circuito se renueva, si se obstruye… si esta pudiendo alimentarse de la práctica o si por el contrario se consume con ella. Por eso, no importa si la postura se arma o no, importa lo que pasa dentro, en el viaje sutil del prana. Y eso es algo que se vivencia, se percibe y se comprende, sólo con el paso del tiempo. Cuando la experiencia comienza a decantar y a dejar sus huellas, que son como pequeñas revelaciones. Pequeños gramos de lucidez que vuelven carne lo tantas veces pensado o imaginado, pero nunca antes comprehendido. El tiempo es el gran revelador de tesoros en el momento adecuado, que no siempre llega tan pronto como deseamos.
Hay que tener paciencia, porque hay que repetir repetir repetir con una actitud siempre renovada y despierta. No importa cuántas veces, siempre es distinto, siempre es la primera vez para quien está atento.
Hay que tener humildad, porque una vez que se elije a un maestro o profesor, hay que poder confiar en él, entregarse. Cómo así también (y sobre todo) hay que entregarse plenamente y cada segundo de la vida, a la práctica.
Hay que tener fé, porque cuando la práctica nos tope con nuestras zonas oscuras, o con períodos dolorosos o de aparente estancamiento, no debemos perder la confianza en ella.
Hay que cerrar los ojos y practicar con el Corazón, porque todo lo que la práctica tiene para mostrarnos, y lo más enriquecedor de ella, no entra dentro de lo visible. No nace de la comparación, es todo adentro. Todo informe, abstracto. Indecible. Es todo misterio. Es de lo más maravilloso que nos pueda ser dado. Si tenemos la fortaleza para afrontarlo, tendremos el enorme privilegio de situarnos de cara al don más rico de la existencia, el que nos permita mirarnos desde la gozosa plenitud de la desnudez del alma.
¡Namaste!
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