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Me dirijo a ustedes como colega (soy padre y abuelo) y como compañero de preocupaciones. Comparto con ustedes espacios, conversaciones, diálogos. Conozco de cerca sus desconciertos, temores, inquietudes. Les escucho decir que son tiempos muy difíciles para ser padres, que los chicos están prisioneros de las redes sociales, que no saben cómo ponerles límites, que temen por los peligros ciertos que los acechan en el mundo (drogadicción, asaltos, bullyng), que se sienten acosados por el consumismo de sus hijos. Veo su desconcierto cuando desde diferentes fuentes les llegan recetas contradictorias entre sí, que, además, cambian con la velocidad del rayo. Lo que ayer era verdad absoluta hoy es un completo error. O al revés. Y en medio de todo esto, los abruma la propia autoexigencia: no cometer errores, ser padres perfectos, no tomar decisiones que dañen a sus hijos. ¿Cómo no estar angustiado? ¿Cómo no tener ganas de salir corriendo, dejar a los chicos en la escuela o en la guardería, o en la casa de los abuelos, o en el club, o en la clase de lo que sea para que alguien se haga cargo de esta misión imposible?
LA ASIMETRÍA NECESARIA
Queridos padres, el desconcierto y el temor ciegan, impulsan a escapar por la puerta equivocada e impiden ver lo obvio. Es obvio que los tiempos son difíciles, como lo fueron para los padres inmigrantes que llegaron con nada a un continente desconocido, como lo fue criar hijos en épocas de plagas devastadoras o durante la guerra, cuando no se sabía si sobreviviría la humanidad. Siempre lo fue. Borges decía: “Le tocaron, malos tiempos para vivir, como a todos los hombres”. Es hoy cuando nos toca asumir la responsabilidad.
Digo responsabilidad. La palabra viene de responder. Somos responsables al responder por nuestros actos y decisiones. Por acción o por omisión, habiéndolo deseado o no, planificándolo o a destiempo, convertirnos en padres fue un acto y una decisión por la que debemos responder. ¿Ante quién? Ante nuestros hijos. Biológicamente o por adopción, fuimos los creadores de ese vínculo, el único vínculo humano que nace impar y asimétrico. Nuestros hijos no existían como tales hasta que los creamos. Su presencia ante nosotros es una pregunta: “¿Para qué me convocaste?”. Les debemos una respuesta.
El primer paso es mantener la asimetría del vínculo. No somos sus amigos, los amamos y somos sus padres. Elegirán amigos entre sus pares. A nosotros nos necesitan como padres. Es decir, como guías, referentes, orientadores, proveedores de modelos, de valores. Al principio seremos sus héroes, sus ídolos. A medida que crezcan y conformen su propio lugar en el mundo y su propia visión de él, nos cuestionarán. Es parte de la vida, como lo es no abandonar nuestro lugar, no hacernos a imagen y semejanza de ellos para congraciarnos, porque entonces desaparece el adulto (se “adolescentiza”, se infantiliza) y ellos quedan a la deriva.
A nadie le gustan los límites, queridos padres, ni al pájaro, ni al gato, ni al león ni al ser humano. Pero existen, son necesarios, orientadores, formadores y, en muchas ocasiones, sanadores. Uno de nuestros deberes en el cumplimiento de la misión es poner límites. Con suavidad y con firmeza. Horas de salida y de llegada, horas y funciones para el uso de artefactos tecnológicos y para la participación en redes sociales, selección de programas televisivos (incluso ver con ellos aquellos que no nos gustan y marcar claramente las razones de nuestra discrepancia). Como los países, como las sociedades, como cualquier organización, los hogares funcionan bien cuando tienen reglas claras y se cumplen. Una familia debe tener, como una nación, su Constitución, sus leyes y su código penal. Los horarios de comida y de sueño son para todos los habitantes y deben respetarse. Los espacios de encuentro tienen que ser de encuentro: cuando cenamos o almorzamos juntos apagamos nuestros celulares (todos, padres también) y conversamos antes de que nos olvidemos de cómo era dialogar. Nos miramos, somos seres vivos en transformación constante, nos escuchamos con hospitalidad. Los celulares, tablets y computadoras tendrían que quedar en un estacionamiento (como los autos) mientras dormimos o comemos. A los televisores los apagamos nosotros, no los conductores o canales. De lo contrario, nuestros hijos duermen (vía pantallas) con personas con quienes no los dejaríamos solos, o aceptamos en nuestras mesas (vía pantallas) a personajes a quienes jamás invitaríamos a cenar en persona.
Las transgresiones deben tener una penalización comunicada de antemano, no inventada en el momento. El que avisa no es traidor, dice un antiguo refrán. La penalización no debe ser furiosa ni desmesurada, es importante que sea cumplible. Y que se cumpla. Eso crea lazos de respeto, de confianza y enseña responsabilidad. No es fácil, queridos padres, claro que no. Pero nuestros límites están puestos con amor (por eso dedicamos tiempo y presencia a la tarea) y tienen como fin afianzar la crianza y la educación, que empieza en la casa y no en la escuela. Nuestros límites serán siempre más afectuosos y previsibles que los de la vida (ella los pone cuando nos desentendemos). La vida no es la responsable de nuestros hijos. No invitemos a la tragedia.
A nadie le gustan los límites, queridos padres, ni al pájaro, ni al gato, ni al león ni al ser humano. Pero existen, son necesarios, orientadores, formadores y, en muchas ocasiones, sanadores. Uno de nuestros deberes en el cumplimiento de la misión es poner límites
EL MEJOR TRABAJO
Queridos padres, manejar celulares y computadoras con destreza, tener familiaridad con tecnologías de su tiempo no convierte a nuestros hijos en genios. Si lo son lo demostrarán cuando sean adultos, y por otros motivos. Esas tecnologías buscan, antes que nada, mercados, clientes, por lo tanto deben ser cada vez más simples para obtener masividad. Asomémonos a ellas, veremos que es así, y seamos los que ponen condiciones, límites y objetivos a su uso.
Cuando nos transformamos en padres, queridos colegas, nos echamos al hombro un trabajo de tiempo completo. El de ayudar a ese repollito de cariño a convertirse en una persona autónoma, responsable, empática, con valores, que pueda mejorar al mundo con su presencia y su acción. Ese trabajo no se debe ni se puede tercerizar. La escuela es nuestra socia más cercana y decisiva, pero no nuestra remplazante. Las políticas de Estado (respecto de drogas, alcohol, seguridad, educación) ayudan y mucho cuando existen y se cumplen en lugar de declamarse, pero el Estado no puede, ni debe, fijar las políticas y las normas de nuestro hogar. Y cuando el Estado es el gran ausente, nosotros, queridos padres, debemos ser los grandes presentes. Son nuestros hijos, son los que harán la sociedad de mañana.
¿Estamos todo lo presentes que es necesario, con firmeza, con palabras y acciones claras, sin negociar lo que es un vínculo de amor como cuando ofrecemos recompensas materiales a cambio de buenas notas o buenos comportamientos? Creo que muchos padres lo están, pero creo que hoy son los menos y se sienten a menudo solos. Debemos seguirlos, no criticarlos.
No temamos, queridos padres, a ejercer nuestra función. Nuestros hijos necesitan amor y no temor de nuestra parte. El temor no genera respeto, ni de ida ni de vuelta. Ser padres presentes y activos es una tarea que empieza en casa, cada día, en cada pequeña acción, con presencia y amorosa firmeza. Nos lo debemos y se lo debemos a ellos. Espero que la botella que contiene este mensaje haya llegado a sus manos. Un abrazo.
(*) El autor es escritor y periodista. Sus últimos libros son "Inteligencia y amor" y "Pensar"
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