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Carlos Alberto Pichel

Carlos Alberto Pichel

Por Redacción

Su fallecimiento

Médico anestesiólogo; reconocido por su labor en distintas instituciones de salud de la Ciudad; amigo y vecino respetado y apreciado por sus destacadas virtudes, falleció, a los 68 años, Carlos Pichel.

Hijo del matrimonio de comerciantes conformado por Felipe Pichel e Irma Mármora, Carlos Alberto Pichel había nacido el 15 de marzo de 1948 en Berisso. Fue el hijo mayor de la pareja y tuvo una hermana, Viviana. La educación básica la repartió entre la escuela primaria Don Bosco de Ensenada -donde además de asistir a clases se destacó como explorador- y la de Enseñanza Media Nº 1 de Berisso, de donde egresó con el título fe bachiller.

En la Universidad siguió su vocación: Medicina. Y luego, una vez graduado, se especializó en Anestesiología. Responsable y comprometido con todo proyecto que emprendía que mientras que cursaba y rendía materias en la facultad se solventaba los gastos de los estudios con un empleo en el ministerio de Trabajo.

Desarrolló su trayectoria profesional durante cuatro décadas entre el Servicio Penitenciario Bonaerense, el Instituto del Diagnóstico y el Instituto Central de Medicina, y en cada ámbito laboral en el que participó se ganó el cariño de su entorno y cosechó amistades que perduraron a lo largo de su vida.

Siendo muy chico, un poco como mandato de la época y otro poco por gusto, estudió, metódicamente, piano, y se recibió de profesor de solfeo. Aquella experiencia con la música lo marcó para siempre: al mudarse de la casa paterna a la vivienda donde constituyó su hogar se llevó consigo el instrumento y casi no hubo día de su vida que, con un singular entusiasmo, en el tiempo libre que le dejaban sus obligaciones, se dedicara a tocar sus piezas favoritas.

Estaba casado desde hacía 40 años con Stella Maris Casali, a quien había conocido en el colegio secundario. Junto a ella, una compañera incondicional con la que compartió, además de la convivencia, profundas charlas, viajes y salidas, fundó una familia basada en sólidos principios. Tuvo cuatro hijos: Lucas, Virginia, Guillermina y Agustín, a quienes le prestó toda su atención.

Fue, además, un abuelo que vivió a pleno la relación con sus nietos Micaela, Nicolás, Mateo, Jeremías y Consuelo.

Apegado a sus amigos (solía salir junto a su esposa y otros matrimonios los sábados a la noche), disfrutaba también de pasar largos momentos con su familia, que era, según repetía, su “mayor fortuna”; y encontraba, asimismo, en el ajedrez, que jugaba a menudo, uno de sus más atractivos pasatiempos.

Fue, además, un hombre de fe que integró movimientos cristianos.

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