Por
lEOPOLDO MANCINELLI*
Hasta los grupos más elementales deben someterse periódicamente a distintos tipos de estrés o conflicto, sobre todo en los momentos de alcanzar objetivos que se consideran indispensables. Un caso es el de la familia con varios chicos en edad escolar, cada cual con su grado de exigencia académica o de status, siempre cambiante, siempre inasible. Otro, el del grupo familiar que debe hacer frente a nuevas restricciones para minimizar los gastos fijos y enfrentarse al costo de los nuevos servicios.
Tanto la familia donde uno de los integrantes podría quedar colgado por una materia difícil o por la imposibilidad de promover el próximo año lectivo, como la que debe achicarse en sus apetencias, en sus desplazamientos, o en su diversión, sufren un doloroso conflicto que se resuelve en discusiones internas o en violencia exterior.
Los conflictos de ansiedad social tienen su expresión más larga y rotunda en el mes de diciembre.
En diciembre maduran los conflictos menores que se conjugan con las desinteligencias cotidianas hasta generar verdaderas discusiones fuera de tono donde se computan tanto las pequeñas desatenciones con las faltas graves al pudor, al honor o la tradición familiar.
La explosión de conflictividad social se adivina en algunas noticias cotidianas: señores que controlan el tránsito, uniformados que son atacados a mansalva por automovilistas impacientes . O el señor que, acta en mano, procede a clausurar una picada ilegal y debe resguardarse de los tiros con que es repelido por los infractores.
La conflictividad social prueba sus armas durante todo el año. Pero ejerce sus primores en diciembre.
(*) Psicólogo.
SUSCRIBITE a esta promo especial