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Ni siquiera el decoro

Por Redacción

Por HECTOR AGUER
Arzobispo de La Plata Académico de Número de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas

El 18 de octubre de 1977 se incendió el Teatro Argentino. Yo vivía por entonces en San Telmo, pero como amante de la música -de la ópera especialmente- advertí que se trataba de una tragedia para La Plata. El bello teatro clásico, que según los expertos podía ser salvado, es decir restaurado o reconstruido sobre los restos, fue reemplazado por esa mole horrenda de hormigón que, como una viga en el ojo quiebra la línea principal del trazado urbano. Que Benoit perdone a los responsables, si tienen perdón. Se quiso hacer un “centro de las artes”, donde de hecho exhiben espontáneamente el suyo los autores de grafitos (para decirlo en castellano). No obstante esta descripción quejosa, tanto la sala Ginastera como la Piazzola me parecen excelentes; lo son.

Aferrado a las experiencias inolvidables que he vivido en el Colón desde los años 60 del siglo pasado, y a pesar de los frecuentes vaivenes políticos que se han hecho sentir en los enfoques y decisiones culturales, me resulta inaceptable la manía, bastante generalizada, de “actualizar” la puesta en escena de las grandes obras del teatro lírico. Pongo un ejemplo: Violetta Valéry, la protagonista de “La traviata” de Verdi, es una típica “mujer ligera” (entiéndase lo que quiero decir) una francesa del siglo XIX; no se la puede reemplazar por una del siglo XXI con el entorno escenográfico correspondiente a esta época. Debía ser inimaginable una dama de aquella condición, contemporánea nuestra, sentarse ante un espejo y decir: “oh, come son mutata! / Ma il dottore a sperar pure m’esorta!... / Ah, con tal morbo ogni speranza é morta”. Y a continuar de inmediato con esa aria bellísima que comienza “Addio, del passato…”. Ni el texto de Francesco Maria Piave, ni la música de Verdi, soportan una arbitraria modificación de la escena que la traslade a nuestros barrios “hot” ni a nuestras zonas “rojas”, a un “telo” o a un departamento especialmente acondicionado. ¡Qué le vamos a hacer, las cosas son auténticas o remedos irrisorios!

“...¿por qué aquel espectáculo se realizó en el Argentino? ¿Fue un caso aislado, fruto vaya uno a saber de qué trámites, o se trata de una “política cultural”? ¿Es otra muestra del cambio, que se verifica virtuosamente en algunas áreas y que en ésta -la teatral, la musical, la del espectáculo, la de la cultura en general- patina y se desliza peligrosamente?...”

Pero hay algo más que podemos lamentar: la utilización de aquellas salas para espectáculos presuntamente populares, que satisfacen obviamente las derivas populistas de los políticos, en lugar de favorecer el acceso de todos, especialmente de los jóvenes, a lo mejor del arte de todos los tiempos a través de programas educativos atractivamente presentados y difundidos con una efectiva voluntad de cumplimiento. Quiero referirme al espectáculo ofrecido no hace mucho en la Sala Ginastera del Argentino, que EL DÍA comentó en su edición del 26 de octubre. La protagonista –“ídola teen” como se la llama- es la misma de aquella infame serie televisiva “Esperanza mía” en la que se hacía una imitación burlesca del ministerio sacerdotal y de la virginidad consagrada. En la función a la que me refiero la sala estaba colmada de jóvenes, que según la crónica no se sentaron en las butacas “a pesar de los esfuerzos vanos de las acomodadoras”. No podían sentarse, claro está, porque no fueron allí a escuchar, a recibir belleza, sino a acompañar con sus saltos, gritos y aplausos los ritmos siempre más o menos iguales, excitantes, que subrayaban palabras incomprensibles. Podían, además, regodearse visualmente con la semidesnudez y las poses erótico-sexuales de la bailarina principal y de su equipo. ¡Menos mal que no saltaron sobre las butacas!

Me tomé el trabajo de estudiar las letras de las canciones, cuyos títulos el diario menciona en su información sobre el hecho en la Sección Espectáculos. Todos aquellos textos giran de algún modo alrededor del amor; se refieren a un tú que al parecer siempre se hurta a la permanencia y quietud del encuentro. Las referencias al amor se expresan con palabras ardientes, pero se insiste tanto en la imaginación, en el sueño de algo que no se concreta, que finalmente el conjunto transmite una impresión de frustración y tristeza. Las chicas y los chicos que saltaron al compás de esos ritmos para ellos entusiasmantes no habrán advertido nada de esto; es muy posible. Por otra parte, en el texto de las canciones reinan las incoherencias, las repeticiones continuas, el balbuceo del pensamiento y de la memoria; los idiotismos, además de contradecir las leyes de la gramática, son impropios de nuestra lengua. Poesía cero, aunque alguien pueda considerar que ciertas fórmulas no carezcan de gusto. Algunos ejemplos y no del gusto precisamente “Verás cuánto soñé… Yo nací en la tierra de las almas que sueñan cambiar la realidad para poder volar”; esto en la pieza titulada “Soy”. Sueño, pesadilla, imaginación, absurdo; lo que resta es vacío para ella, que quedó “del otro lado”. Una invitación: “a bailar hasta que se acabe el mundo, sin pensar”. Algunas estrofas sugieren algo más: “Soy tu asesina, no imaginas lo que soy; tu ángel, tu demonio es lo que soy. Te tengo entre mis labios, no quieras escapar”: “Asesina” se llama precisamente esta pieza. Y en “Irresistible” se dice: “Un gran enigma serás después de tantos besos; un juego al que me entregué y quiero más de esos”. En otra composición la cantante exhorta insistentemente a creer en ella y en sus ojos. “Boomerang” incluye esta confesión: “Porque todo de mí hace quebrar tu conciencia, todo de ti me hizo perder la inocencia… ¡Dispárame, si todo vuelve Boomerang!” Un nuevo indicio del trasfondo, del mensaje subliminal se encuentra en estas frases: “Vamos a despegar, no puedes escapar, vas a activar tu cuerpo, vas a sentir la bomba…me puedes ver, vibra tu piel, prepárate esta noche es mía…estás ardiendo, te vas derritiendo, no tengas miedo, corre como el viento, la bomba va a explotar”. “Bomba” se titula, justamente, ese texto. En otro título la protagonista insiste: “soy mi religión; hoy creo en mí”. La nota que yo sugería acerca de la negatividad de estos engendros antiliterarios aparece expresada en una estrofa de “Lejos de mí”: “La soledad es parte de tu infierno; caerá tu reino ante mí; perdiste el corazón, sólo te queda sufrir”. Y en “Reina”: “Soy el reflejo de la ira de vivir en un mundo que da y que quita el sentir”. Otra vez la incitación erótica: “el destino es tu piel y mi piel… qué afortunada soy por sentirme arder”. Me detengo en esta cita de “Amor es presente”.

Que el Colón se haya tornado “babasónico” no justifica nada; al contrario, muestra cómo cunden los malos ejemplos y la plaga invencible del populismo. Además, el “primer coliseo”, como se lo llama, sirve también como salón para casamientos. Yo no soy un exquisito, eso que comento es una estupidez, un soberano disparate.

Ahora me atrevo a proponer la cuestión: ¿por qué aquel espectáculo se realizó en el Argentino? ¿Fue un caso aislado, fruto vaya uno a saber de qué trámites, o se trata de una “política cultural”? ¿Es otra muestra del cambio, que se verifica virtuosamente en algunas áreas y que en ésta –la teatral, la musical, la del espectáculo, la de la cultura en general- patina y se desliza peligrosamente? Todo cambio se determina, se define, por el fin, por la meta hacia la cual se dirige el movimiento. El cambio por el cambio mismo no tiene norte, no existe, es una fachada del desorden y de la destrucción de lo mejor. Es también, desgraciadamente, una consigna política que intenta embriagar a la población sufriente y ensayos espasmódicos de los poderes de turno y de los lobbies que suelen coparlos: conducen a la catástrofe. La Argentina viene cambiando desde el 25 de mayo de 1810; siempre se ha prometido lo mejor, pero “los laureles que supimos conseguir” siguen marchitos. Hay que utilizar con sensatez las consignas y las promesas. Por una cuestión de decoro, de honor, recato, honestidad, pundonor. Si se decide destinar la Sala Ginastera para usos generales, que no falte por lo menos eso, el decoro.

“...¿Por qué no sacar a la calle, a las plazas platenses, la excelente orquesta del Teatro Argentino, y su coro...Se rompería así la falsa dialéctica culto-popular; el ser humano ha sido hecho para la belleza y hay que iniciar en su percepción y gusto a los jóvenes. Los pobres, que no pueden ir al teatro, tienen derecho a ello....”

Para no concluir esta nota con una “pálida”, expongo una posibilidad cultural y educativa que ya propuse al funcionario correspondiente. ¿Por qué no sacar a la calle, a las plazas platenses, la excelente orquesta del Teatro Argentino, y su coro. Desviando el tránsito para evitar su molesta interferencia, esos sitios, numerosos en esta ciudad, podrían convertirse en auténticos escenarios y salas de concierto; esta sería –me parece- una medida auténticamente popular: ofrecer gratuitamente a todos la mejor música de todas las épocas. Se rompería así la falsa dialéctica culto-popular; el ser humano ha sido hecho para la belleza y hay que iniciar en su percepción y gusto a los jóvenes. Los pobres, que no pueden ir al teatro, tienen derecho a ello. Es posible, se ha hecho. Cuando era Intendente de San Miguel, el Dr. Joaquín de la Torre, que integrará el gobierno provincial, llevó a la plaza principal de aquella ciudad a la orquesta y el coro del Teatro Colón, que ofrecieron la Novena Sinfonía de Beethoven. Fue una fiesta.

Un serio proyecto cultural exige comenzar por lo que resulta imprescindible: pensar con objetividad, proponerse altos ideales, sinceridad en la búsqueda del bien común, no improvisar espasmódicamente. Y aunque parezca demasiado elemental, como ya dije, decoro.

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