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Si tu hermano peca…

Por Redacción

Escribe Monseñor DR. JOSE LUIS KAUFMANN

Queridos hermanos y hermanas.

Hay cosas que se pueden hacer o no, pero otras se deben hacer indefectiblemente. Decirlo es más fácil que cumplirlo. Pero, para el cristiano, las excusas por inoperancia no dejan de ser negligencias.

Es un deber irrenunciable, un deber propio de la caridad, el hacer – cuando sea el caso – la corrección fraterna. El fundamento de este deber está en las afirmaciones de Jesús: “todos ustedes son hermanos” (Mt. 23, 8), y “ámense los unos a otros” (Jn. 13, 34)

Por eso el Señor manda, con absoluta claridad: “Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano” (Mt. 18, 15).

El mandato de Jesús tiene la profundidad de las cosas sencillas y la frescura inmediata de los programas concretos.

Por cierto, el Evangelio no es para débiles. Las enseñanzas de Jesús tienen las exigencias de una civilización nueva enraizada en el amor. Sí, amar a Dios y al prójimo por amor de Dios es el primer mandamiento.

El amor no implica condescendencia obsecuente o ser cómplice del mal, sino querer el bien del prójimo, y de modo particular el bien eterno

Pero, el amor no implica condescendencia obsecuente o ser cómplice del mal, sino querer el bien del prójimo, y de modo particular el bien eterno. Ante esto no cabe la indiferencia de nadie.

El Señor, al instruirnos sobre el deber de la corrección fraterna, nos manda corregir al que está haciendo algo incorrecto, es decir que nos manda a decirle al prójimo – de frente y con respeto – que su proceder no es acorde a su compromiso cristiano.

No se trata de agredir al hermano con palabras porque haya hecho algo que nos haya molestado. ¡No! Hacer eso no sería evangélico. Quien hace la corrección fraterna no ha de pensar en sí mismo sino en el hermano, teniendo en cuenta los intereses de ese hermano concreto. Se ha de olvidar de sí mismo y se preocupará por el otro. Quien no corrige, cuando debe hacerlo, se hace cómplice del pecado ajeno.

La corrección en primera instancia será siempre a solas, en privado: es la delicadeza de la caridad transparente. El deber es corregir con tierna caridad y nunca murmurar.

Al deber de corregir corresponde – naturalmente – la obligación de escuchar. Pero, “si tu hermano no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos. Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad. Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o publicano” (Mt. 18, 16-17).

Quien no quiere aceptar la corrección fraterna, por el motivo que sea, se daña a sí mismo, a tal extremo que pierde su comunión con la asamblea de hermanos: “considéralo como pagano o publicano”. El que se obstina en su equívoco es excluye a sí mismo y sólo queda rezar por él.

Seguramente será muy provechoso, ante todo, aceptar la corrección de los demás y así, después de haber sabido escuchar y mejorar, podrá tenerse la propia experiencia para comenzar a ayudar a otros. En todo caso, siempre deberá primar la caridad.

Si tu hermano peca, considera su dignidad y corrígelo con afecto fraterno, paro no cometer tú otro pecado peor.

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