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Nora Cristina Rosso

Nora Cristina Rosso

Por Redacción

Su fallecimiento

Docente, dirigente institucional y especialista en oftalmología de referencia en nuestra Región, Nora Rosso supo cosechar el respeto y el afecto de pacientes, colegas y compañeros de trabajo en los diferentes ámbitos en los que se desempeñó, tanto en el quehacer público como en el privado, a lo largo de tres décadas.

Hija de Nélida Esther Sola -maestra- y Juan Bartolo Rosso -productor agropecuario-, hermana menor de Eduardo y Juan, Nora Cristina nació en Lincoln el 18 de abril de 1953. Después de cursar los estudios primarios en esa ciudad del noroeste bonaerense, y de sucesivas mudanzas familiares, terminó el secundario un año antes de lo previsto, fruto de su dedicación y capacidad intelectual innata; entonces, inspirada por su tía materna, viajó hacia nuestra ciudad para inscribirse en la facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional.

Obtuvo su título de grado en 1980, después de varios años en los que combinó obligaciones laborales en la legislatura provincial con extensas jornadas de estudio en los claustros de 60 y 120. Seis años después, la UNLP acreditó su especialización en oftalmología. Durante las tres décadas siguientes, ejerció su profesión con la pasión y el compromiso que caracterizaban cada una de sus iniciativas. Atendió en su consultorio particular, en el Hospital Rossi y la clínica Hansen.

Intelectualmente inquieta, e interesada por la búsqueda de la excelencia académica, tuvo a su cargo la cátedra de Oftalmología, en la UNLP; activa defensora de las incumbencias médicas y científicas de su campo, se involucró en el andamiaje de diferentes entidades.

En ese sentido, fue vicepresidenta de la Sociedad Médica de La Plata e integró la Comisión de Etica Profesional del Consejo Argentino de Oftalmología, el Consejo Superior de la facultad de Ciencias Médicas platense y la Sociedad Platense de Oftalmología.

Galardonada en 2014 con el premio “Médico del Año” en la especialidad de Oftalmología, a partir del voto de sus pares, logró equilibrar su papel como madre, abuela, amiga y esposa con los intereses científicos, sin descuidar ninguna de las dos facetas.

Generosa, solidaria, amante de la vida familiar, los amigos, los viajes y los libros, predicó con el ejemplo viviendo a pleno cada una de sus horas.

Junto a Mario Daniel Garmendia -”el amor de su vida”, tal como lo solía describir-, a quien había conocido durante su paso por las oficinas de la Comisión de Educación del Senado, se radicó en el barrio de Meridiano V. Tuvieron tres hijos -Victoria, Santiago y Agustina-, que se prolongaron en otros tantos nietos: Agostina, Nicolás y Facundo.

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