El descubrir por boca de sus amigos sobre la verdadera identidad de Papá Noel le generó a Inés Greco (7) una reacción de mucha bronca con sus papás. A ellos, acusados de “mentirosos” por su propia hija, todavía no les quedó muy claro si el enojo de Inés era por haber quedado como un ingenua ante sus compañeritas de grado o por haber perdido una vieja ilusión que atesoraba desde su primera infancia. Como los de Inés, son muchos los padres que, a esta altura del año y tras haber alimentado durante mucho tiempo la creencia de sus hijos en Papá Noel, no saben si esperar a que los propios chicos lo descubran por su cuenta o contarles de una vez por todas la verdad. ¿Decirlo o no decirlo? Esa parece ser la cuestión.
Si bien no hay pruebas científicas que determinen que lo mejor es tal o cual cosa, los especialistas suelen tirar varias hipótesis a la hora de sacarle el velo al tradicional mito navideño. Porque si bien muchos chicos siguen disfrutando de esa ilusión, para los adultos resulta acaso inevitable preguntarse en qué medida sostener la creencia no termina afectando su desarrollo personal. Algunos, incluso, creen que lo mejor es ir revelando la verdad poco a poco, casi como si fuera un juego y por etapas.
Para el psicólogo Marino Pérez, sin embargo, esta opción es “típica de estos tiempos, de padres modernos que están un poco tiranizados por la transparencia y la llevan a entornos donde no es relevante. Tratar de explicar a los niños que Papá Noel no existe, pero que van a jugar a hacer como si existiera es una forma de complicar a los niños y de no confiar en su inteligencia y en que algún momento van a descubrir que hay cosas que no cuadran”.
El especialista, que también recuerda que no hay pruebas científicas sobre el tema, considera que lo mejor es “dejar que los niños vayan descubriendo la realidad por sí mismos, sin que los padres pongan trabas a dicho descubrimiento. Esa una buena manera de que puedan desarrollar el pensamiento crítico”.
Si la figura de Papá Noel encierra la fantasía de todo chico de ser mimado por una figura omnipotente capaz de cumplir con sus deseos, el descubrir que esa figura es una invención sostenida por sus padres supone un doble desengaño: el hecho de que no exista y el de haber sido víctima de una mentira por parte de quienes se supone que dicen la verdad. ¿Cómo conviene entonces manejar la situación? “Tal vez lo más recomendable sea que cada padre busque la respuesta -opina la psicóloga Laura Danisi-. Cada chico es un mundo, y cada mundo tiene sus propios tiempos e incluso sus propias fantasías. Creo que, si bien son responsables del engaño, los padres deben intervenir lo menos posibles y que sean los chicos quienes vayan descubriendo la verdad, sea porque sospechan o porque un compañerito de clase se lo dijo”.
Según los expertos, se trata de una historia que cumple distintas funciones, como la de incrementar la imaginación, favorecer la recreación, reforzar la tradición y ayudar a incorporar valores. Desde la Asociación Psicoanalítica Argentina se indica que el mito de Papá Noel logra perdurar en el tiempo precisamente por el significado que asume para los propios chicos. “Es una especie de padre maravilloso y omnipotente que todo lo puede y cumple los deseos de sus hijos”. Según se explica, es a partir de esta tradición que los niños proyectan en sus padres la figura de este personaje y pasan a considerarlos como personas capaces de satisfacer todas sus expectativas. Recién, con el transcurso de los años, los chicos descubren que, en realidad, sus progenitores tienen las limitaciones propias de los seres humanos y llegan a la conclusión de que “Papá Noel es algo ilusorio, que es puesto por la cultura como un emblema o símbolo de algo que realmente no existe”.
El mito sobre esta figura es el resultado de varias leyendas, algunas con peso histórico. Una de las teorías sobre su origen sostiene que su verdadero nombre era Nicolás, un obispo que vivió en Turquía entre los siglos III y IV y que sobresalía por su generosidad con los niños. La tradición se difundió como la de un santo bondadoso que recorría las casas repartiendo regalos los días de Navidad y se extendió por toda Europa.
Si bien muchos chicos siguen disfrutando de la ilusión de Papá Noel, para los adultos resulta acaso inevitable preguntarse en qué medida sostener la creencia no termina afectando su desarrollo personal.
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