Escribe Monseñor DR. JOSE LUIS KAUFMANN
Queridos hermanos y hermanas.
Los cristianos sabemos y creemos que “La Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de doble filo: ella penetra hasta la raíz del alma y del espíritu, de las articulaciones y de la médula, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Ninguna cosa creada escapa a su vista, sino que todo está desnudo y descubierto a los ojos de Aquel a quien debemos rendir cuentas” (Hebreos 4, 12-13). Pero no siempre vivimos lo que creemos y entonces nuestra fe se debilita, vamos posponiendo las enseñanzas de Dios y peligra nuestra coherencia.
La lectura asidua y serena de la Palabra de Dios es una necesidad, desde la niñez, en la vida de cada cristiano. Nadie podría eximirse sin correr el riesgo de traicionar los dones con que Dios ha colmado a sus hijos. En la lectura atenta de la Palabra de Dios escuchamos al Señor que de dirige personalmente a cada uno de nosotros.
Sin embargo, no se trata de una mera lectura sino que la Palabra de Dios debe asimilarse y hacerse vida en cada uno, precisamente porque “es viva y eficaz”. Tampoco se trata sólo de una Historia de Salvación del pasado sino que es eficaz y se cumple también en el presente, en todo aquel que no pone trabas a la Voluntad de Dios y, queriendo ser fiel a su Amor, deja que lo conduzca por sus caminos. Se trata de tener una actitud de fe, que Dios mismo favorece por su Gracia.
Jesús – que es la Palabra de Dios hecha Hombre – nos dice: “El que me ama será fiel a mi palabra, mi Padre lo amará e iremos a él y habitaremos en él. El que no me ama no es fiel a mis palabras... El Espíritu Santo que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho” (Jn. 14, 23-26). Por lo tanto, el encuentro con la Palabra de Dios implica también una actitud de confiado amor a Dios.
Con las debidas disposiciones de fe y amor podemos leer con los ojos y con el corazón, es decir con toda la atención posible, y responderle: “¡Señor, que tu Palabra se cumpla en mí!”
"Tengan el pensamiento puesto en las cosas celestiales y no en las de la tierra..."
El modelo más excelente de esa vivencia de la Palabra de Dios es la Santísima Virgen María, quien – habiendo recibido el Mensaje del Ángel – respondió: “Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho”(Lc. 1, 38).
Nosotros podemos leer, por ejemplo, en el Evangelio que dice: “Mi comida es hacer la voluntad de Aquel que me envió y realizar su obra” (Jn. 4, 34), y enseguida exclamar con un ardiente anhelo: “¡Señor, que tu Palabra se cumpla en mi!”. O también aquello de san Pablo: “Tengan el pensamiento puesto en las cosas celestiales y no en las de la tierra...” (Col. 3, 2), y enseguida: “¡Señor, que tu Palabra se cumpla en mi!”. O la exhortación de san Pedro: “Así como Aquel que los llamó es Santo, también ustedes sean santos en toda su conducta” (1 Pedro 1, 15), y enseguida: “¡Señor, que tu Palabra se cumpla en mi!”.
Quiera Dios concedernos que podamos decir con el salmista: “¡Ojalá yo me mantenga firme en la observancia de tus preceptos!... Sálvame, porque yo te pertenezco y busco tus preceptos” (Salmo 119, 5 y 94).
Precisamente por somos pertenencia de Dios, podemos decirle con suma confianza: ¡Señor, que tu Palabra se cumpla en mí, ahora y siempre! Amén.
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