“Me levanto todos los días con una felicidad enorme, porque vivo de lo que me gusta”. Lo dice Marcelo De Gregorio, quien, por trabajo, no dispone de francos, ni de feriados, ni de sábados y domingos. Sus ingresos dependen un poco del esfuerzo en su tarea pero mayormente del desempeño del su atendido, y en gran parte también del azar. El hombre, de 56 años, casado y con cinco hijos varones, es cuidador de caballos de carrera. “Es un trabajo esclavizante, pero estoy en los studs desde los 7 años y para mí es una pasión”, dice este hombre que es hijo, nieto y hermano de entrenadores de animales para turf.
De Gregorio se levanta, día tras día, a las 6.30. Desayuna con unos mates y sale de su casa hacia el stud. Allí, durante las primeras horas de la mañana controla cómo está el caballo, si se alimentó, si muestra síntomas de alguna dolencia y en tal caso llama al veterinario (que visita al ejemplar para controles tres veces por semana); al mediodía sale a varearlo en el Hipódromo; lo lleva a gatera y de ahí lo devuelve a su box en el stud.
Los ingresos por su actividad no son estables ni parejos. “Tengo temporadas buenas y otras no tanto. No deja de ser un juego de hacer. Dependemos de cómo viene el día de la carrera; es bastante habitual común que el caballo que iba a ganar se enferme y ya no corra”, resalta De Gregorio, un trabajador del turf con vacaciones anuales muy cortas. “No más de tres días a algún lugar cerca”, concluye.
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