Lejos, muy lejos del arbolito de Navidad y del espíritu que -se supone- comanda estos días, la fauna política autóctona parece no poder salir de la incomprensible encerrona en la que el Gobierno supo meterse con la meneada cuestión del proyecto de ley del impuesto a las Ganancias.
Sin acuerdo con la oposición en el Senado -peronismo-, con los gobernadores soliviantados ante el agujero fiscal que les generará el proyecto de la entente massista-kirchnerista que salió de Diputados, con los gremios presionando y con los votantes esperando que el macrismo cumpla, de una vez por todas la promesa de campaña de eliminar Ganancias de los sueldos, la semana concluyó entre calurosa y sofocante.
El problema -como casi siempre- es que cada uno (léase gobernantes, legisladores y gremialistas) atiende su juego, sus intereses y su futuro. Cuesta encontrar entre tanto discurso y chicana alguien al que se le pueda creer que piensa en la gente, es decir, todos nosotros. Porque, a no perderlo de vista, lo que está detrás de ese “asuntito” del impuesto a las Ganancias, es la suma de chauchas y palitos que todos los meses entran para parar la olla.
Y, entre tanta polémica, marcha y contramarcha, afortunados, si se quiere, los habituales caminantes de estas diagonales que, por lo menos, no tuvieron que sortear a diario el “piquetódromo” en el que se ha convertido la avenida 9 de Julio en la Capital, hasta no hace mucho, la niña intocable y mimada del macrismo auténtico.
Aquí, al menos, la cuestión suele estar más repartida, aunque no menos molesta. Una “marchita” por calle 7, una concentración de carros, equinos y cartoneros frente a la municipalidad, o una de las habituales demostraciones de los muchachos de la UOCRA en el “patómetro” de la 44 entre 4 y 5, que parece ser territorio liberado y fuera de toda injerencia municipal. Allí, vale todo. Desde la parrilla al paso, con “chori” y vacío incluido, hasta la ya nimia costumbre de estacionar en doble, o triple fila.
Lo que se dice, una verdadera delicia que, además, suele complementarse con los rebeldes semáforos que dejan de funcionar justo cuando uno más los necesita.
Pero, por favor, que haya paz. El clima navideño así lo exige. Sobre todo mañana que, si se cumplen las amenazas de los gremios del transporte, entre las 5 y las 7, habrá que se Mandrake para llegar en hora al trabajo y no perder el presentismo.
Pero, querido lector, haga un esfuerzo. El último del año. Mantenga la calma. Juegue a que su mayor preocupación sea asegurarse que la tía no se olvide de preparar el vitel-toné para la mesa navideña. Las vacaciones están ahí, al alcance de la mano. Que, aunque por cuestiones presupuestarias haya que reducirlas a la pelopincho en el balcón, son vacaciones al fin.
A no desesperar, que el nuevo año está ahí, a la vuelta de la esquina. Y como bien se sabe, la esperanza es lo último que se pierde.
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