Cuando hace ya muchos años se bancarizaron las operaciones de pago de de jubilaciones se pudo suponer que ello implicaría el final de los graves padecimientos que soportaban los jubilados y pensionados, obligados a realizar largas colas ante las ventanillas de los bancos oficiales o privados para cobrar sus haberes. Como se recordará, se registraban entonces múltiples trastornos e incidentes –algunos de estos de enorme gravedad- indicativos de los perjuicios que sufrían miles de pasivos. Aquel panorama exhibía, al mismo tiempo, las evidencias de una desorganización burocrática que llegaba a extremos difíciles de tolerar.
Lo inexplicable es que aquellas pesadillas que debían superar mes tras mes ahora se han vuelto a presentar para los miles de jubilados de nuestra ciudad, muchos de ellos obligados a realizar larguísimas colas para poder cobrar el aguinaldo, a raíz de que la mayoría de los cajeros automáticos carecen de billetes. No se trata ya de entidades bancarias que no disponían lo necesario para que existiese una cantidad suficiente de ventanillas habilitadas; ahora son los cajeros automáticos los que no cumplen con su función.
Esta falencia se observó, por igual, en casi todas las sucursales de los bancos públicos y privados. Algunos jubilados que, al menos, lograron plantear ante los guardias de los bancos sus reclamos por la situación, recibieron como respuesta que las máquinas se recargan una sola vez al día. De manera que el día en que se iniciaba el pago de jubilaciones, no estaba previsto ningún operativo de recarga, según esos testimonios.
Lo cierto es que, frente a la cercanía de las fiestas que suponen la necesidad de realizar gastos y consumos extra para los regalos y festejos, miles de jubilados se quedaron sin la posibilidad de acceder a los billetes necesarios. Cabe señalar que en ese mismo día sucedió la jornada comercial que preveía importantes descuentos a favor de los compradores.
Pese a que en los últimos tiempos se hicieron algunos esfuerzos para facilitar la automatización de las tareas de cobro, como la ampliación de algunos recintos y la modernización de algunos mecanismos, muy poco es lo que se ha logrado en favor del fluido desenvolvimiento de quienes deben cumplir con la diligencia del cobro de haberes. Por el contrario, por momentos pareciera que se viene involucionando.
La dilatada permanencia de los jubilados frente a los locales de cobranza depara, además, alternativas más fastidiosas aun a raíz de las inclemencias del tiempo que deben padecer los sufrientes ciudadanos. Resulta, en definitiva, una injusta carga para personas mayores que deben cumplir este trámite todos los meses.
Debe repararse en que los métodos imperantes, y por ahora insuficientes, no sólo originan situaciones embarazosas y proclives a padecer males físicos, sino también una pérdida de tiempo incomparable con la ordenada satisfacción de necesidades personales.
De nada han valido hasta ahora los naturales reclamos de quienes soportan esta reiterada y penosa irregularidad, pero es hora de que se consagren mecanismos más ajustados a una realidad que no siempre se nutre de los adelantos técnicos ya logrados por el hombre. La muy invocada lucha contra los males de la burocracia no ha alcanzado a algunos aspectos simples, pero esenciales, para acreditar eficiencia.
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