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Balearon a un quintero durante un salvaje asalto en Etcheverry

Reinaldo, hermano del quintero baleado ayer en Etcheverry

Por Redacción

Ocurrió anteanoche en 226 y 37. Los ladrones se llevaron dinero y una camioneta

Un joven de 30 años permanece internado en estado delicado luego de haber recibido un balazo en el abdomen, durante un asalto salvaje ocurrido en Etcheverry. Once personas -entre ellas cinco criaturas- pasaron por un calvario en el que las amenazaron, las precintaron y a algunas las picanearon.

Eran alrededor de las 22 del martes cuando empezó la odisea en 226 y 37, en una quinta alejada del trajín de la ruta 215 y a la que se accede por un camino pedregoso y oscuro a esa hora. De ahí es que se sospecha que el asalto fue planificado.

Los ladrones, tres por lo menos, hicieron alarde de haber llegado hasta ahí por el supuesto dato de un entregador que habría sido un vecino. “Era todo un verso para asustarnos”, minimizó Reinaldo Aramayo (34), una de las víctimas.

En esa quinta viven tres familias bolivianas, cada una compuesta por un matrimonio y sus hijos. Todos estaban adentro de la casa cuando llegaron los intrusos. Tomás Aramayo (30) notó su presencia e intentó dejarlos del lado de afuera cerrando una puerta.

Así se produjo un forcejeo en el que los ladrones se impusieron. Uno de ellos le disparó a quemarropa y el balazo le pegó en la parte baja del abdomen. Tomás quedó tirado en el suelo, perdiendo sangre por alrededor de 40 minutos.

Poco les importó a los delincuentes su estado, porque mientras duraba el asalto siguieron pegándole patadas en el cuerpo.

SIN LIMITES

El resto de las víctimas también la pasó muy mal. Además de encañonarlas y de repetirles que las matarían -especialmente a los niños-, los delincuentes les ataron las manos con precintos a cada una de ellas.

No se salvó nadie: los hombres, sus mujeres y sus hijos -la mayoría chiquitos, incluido un bebé de un año y tres meses- quedaron maniatados y tirados en el suelo.

Cuarenta minutos se quedaron los asaltantes “haciendo un desastre, revolviendo todo y llevándose cualquier cosa”, señaló Reinaldo.

Aunque pudieron apoderarse de ocho mil pesos, ropa, zapatillas, celulares y una tablet, nada parecía alcanzarles. Ahí fue cuando las torturas se acentuaron.

“¿Vas a aflojar o no?”, les repetían los delincuentes a Reinaldo y a su otro hermano, mientras les daban descargas eléctricas con una picana. En teoría, no creían que allí no hubiera más efectivo.

Una vez que el herido de bala fue llevado de urgencia al hospital (ver aparte) las víctimas pudieron recomponerse del calvario. Pero el pánico les caló bien hondo: “Esto ya no da para más, no se puede trabajar. Esto fue un desastre. Nos vamos a ir del país”, se lamentó Reinaldo.

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