La historia podría resumirse así: estuvo un año becado por la Universidad de La Plata para observar, todos los días, el mismo cuadro en el Museo del Louvre. O así: sobrevivió la detención y tortura durante la última dictadura cívico-militar y desde entonces arrastra un exilio rabioso y nómade. O quizás así: hace obras de arte para venderlas a millonarios del Mediterráneo y poder dedicarse, sin que nadie lo estorbe, a escribir y financiar proyectos editoriales de poesía platense sin fines de lucro. Todo esto, y seguramente mucho más, es Abel Robino. Pasen y vean.
Sería sencillo decir que la poesía de Abel Robino (1952) es “rara”. Pero semejante concepción debería partir de la idea de que existe una poesía accesible, cuando pareciera que, por definición, una de las características de la poesía es su opacidad: la sospecha de que todo aquello a lo que refiere trabaja simultáneamente con el significado literal y el metafórico. “En el poema –afirma Santiago Espel– cualquier palabra multiplica su semántica, redobla su música, se transforma en un punzón que agujerea el sentido compacto y lineal de las convenciones idiomáticas.”
Aunque estas características pueden atribuirse a todo poema, es innegable que la poesía de Robino tiene la capacidad de perturbar al lector desde un punto de vista extrañado. “Mi padre murió como un animal convencido”, dice el segundo verso de “Epitafio en construcción”, el poema que Robino dedica a su padre. Éste se abre y cierra con la enumeración de partes desmembradas de distintos animales, lo que en principio parecería tener poca relación con un hombre muerto. Sin embargo, acaso la clave de su interpretación se halle en la frase que el padre le dice al yo lírico: “un día te tocará ordenar mis pedazos”. Como si cumpliera con un mandato paterno, aquí el hijo escribe el epitafio, pero éste se halla “en construcción” porque, según el padre, “nadie muere de una sola y estricta vez”. El pensar que alguna vez seremos huérfanos, hijos sin padre, nos ubica de cara a la muerte, y a su vez señala la renovación de un ciclo inevitable: alguna vez tocará a nuestros hijos ordenar nuestros pedazos, redactar nuestro epitafio. Toda vez que ese ciclo se invierte o se trastoca, toda vez que los padres deben enterrar a sus hijos, el resultado es monstruoso y trágico: recordemos, por caso, el terrible final de «Medea» de Eurípides.
Otra parte de la poesía de Robino es la que incluye voces, discursos ajenos, citas entrecomilladas. Un ejemplo elocuente es “Suplicio del caballete”: con la excepción del último verso, todo este poema es una cita. Sólo el final (“Así lo dijo, así lo dijo”) marca la aparición del personaje que está citando a la primera voz. ¿Se trata de un punto de vista plástico ante el objeto a retratar? ¿O, por el contrario, lo insoportable de la temática exige la toma de distancia? No debemos olvidar que, como es frecuente en la poesía de Robino, las connotaciones de las palabras son múltiples y a veces irónicas. El “caballete” del título es, convencionalmente, el bastidor que se utiliza como soporte de un lienzo para pintar sobre éste e, incluso, sirve para denominar cierto tipo de arte entendido por las vanguardias del siglo XX como burgués y conformista. Sin embargo, en el contexto de la historia reciente argentina este término, al igual que “desaparecido”, “picana” y tantos otros, toma un significado siniestro y concreto: el de un instrumento de tortura, cuyo sentido queda fijado con la palabra “suplicio”.
Los poemas recién analizados se asemejan por buscar modos diversos de lidiar con lo innombrable, con aquello que a duras penas se puede tolerar y decir: sea la muerte de un ser querido, o la vejación y la tortura. Lejos de caer en el sentimentalismo y la conmiseración, la poesía de Robino busca en la expresión rotunda y la mirada externa los elementos que hagan posible seguir hablando.
“Epitafio en construcción” y “Suplicio del caballete” pertenecen a «Burundanga» (Madrid: Endymion, 2013), que próximamente será reeditado en edición digital.
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