Por JUAN BECERRA
Escritor
Parece que hay que matar al ladrón. Es una tendencia cultural que se filtra en la conciencia de los buenos vecinos. El ambiente de inanidad policial de la provincia de Buenos Aires es el elemento acelerante del nuevo desastre, pero el impulso que la mueve es civil y viene de por lo menos 1990, cuando Horacio Santos corrió y asesinó a balazos a los dos ladrones que le robaron el estéreo del auto.
El clima es propicio. En YouTube pueden verse imágenes de ejecuciones civiles a delincuentes en versión de grandes éxitos bajo el título “Ladrones mueren en vivo - Robos frustrados”. Una de estas antologías tiene trece millones de visitas y miles de likes con hermosos párrafos que le cantan sus simpatías a una solución final. Si se observan los hechos caso por caso, se verán escenas donde la violencia del justiciero no está por debajo de la del ladrón. Es comprensible: el justiciero ha decidido “hablar” el mismo lenguaje del ladrón y esa decisión los vuelve en cierto modo colegas.
Salvo que uno sea un demente, defenderse de un asalto con un arma es tomar la decisión de internarse racionalmente en la posibilidad de morir o matar (es una sola posibilidad reversible, ingobernable y esclava de las fuerzas del azar). La primera conclusión que surge de entregarse a esa experiencia es que se acepta como propio el lenguaje de la violencia que se condena -y a veces se lo redobla-, aunque se pretenda distinguirla difusamente en nombre del mal o el bien que la impulsa. El argumento es ridículo porque justifica la muerte dos veces: mato porque me van a matar, sin considerar que el ladrón podría utilizar el mismo argumento. En el mejor de los casos, si todo sale “bien”, nos convertiremos en homicidas.
Recordarán que en agosto pasado el médico Lino Villar Cataldo mató de cuatro tiros al ladrón que le estaba robando el auto en la puerta de su casa en San Martín. El ladrón no disparó (su pistolón no tenía balas). La ministra de seguridad Patricia Bullrich dijo que la “única víctima” había sido el médico y recomendó entender “ese concepto”. ¿Cuál sería el concepto que hay que entender? Que el que roba es victimario y el que mata es la víctima. Es una inversión radical de los actos de “matar” y “robar” y de los respectivos daños que provocan. Con semejante espaldarazo, Villar Cataldo desfiló por los canales de televisón llevando a los hogares argentinos un candor homicida. Su imagen pegaba en la pantalla como la de un pacifista, pero las personas pacíficas no se arman, no entran en guerras personales, tienen una idea elevada del valor de la vida que aplican tanto sobre la vida propia como sobre la de los demás, y en la crisis le reclaman al Estado que aplique sus poderes de policía, aunque sean en vano.
La semilla del ladroncidio ya había comenzado a germinar cuando un sepiembre, en Zárate, el carnicero Daniel Oyarzun persiguió y reventó contra un semáforo al ladrón que le había robado la recaudación. El presidente Macri habló del homicida en un tono de franca absolución moral. No tuvo en cuenta las imágenes en las que el ladrón agonizaba entre hierros, insultos y golpes de gracia. De contacto infrecuente con las bibliotecas, el presidente pareció haberse inspirado en el improbable concepto publicitario de que el trabajo y el patrimonio son los valores supremos del Bien, capaces de extinguir con su pureza los detalles nauseabundos de una muerte violenta.
El carnicero fue descripto por la voz presidencial como “un ciudadano sano, querido, reconocido por la comunidad”. En ese mismo instante, la larga queja argentina que exige con razón un mínimo de seguridad y de control de la violencia para la vida en sociedad, encontró el aval para que nos matemos entre todos. Es un concepto de civilización que empieza con la idea de defensa y sigue en actos de ataques paranoicos. Los días están contados. Pronto aparecerá algún activista del rifle, como lo fue Charlton Heston en Estados Unidos, pidiendo pista en los set de televisión y en las listas de diputados.
Entonces, llegó octubre, el mes de la monstruosidad civil. Un niño de trece años mató a un ladrón a tiros en su casa de Moreno. Lo hizo con el arma de su padre, Marcelo Salinas, a quien acompañaba a entrenar al polígono y también a cazar. Sabía dónde estaba el arma y está claro que también sabía tirar. La presentación pública de Salinas fue en el programa de Mirtha Legrand. Fue difícil sintonizar la frecuencia del drama porque su propia angustia, algo ilegible, contribuyó a la confusión. Por supuesto que su hijo de trece años, que acababa de atravesar la experiencia del homicidio, es una víctima. Pero no se trata de una víctima que murió sino de una víctima que mató. Es necesario tener en cuenta ese matiz. Lo que lo “victimiza” es paradójicamente su rol de victimario que, extañamente, su padre asocia con elementos ajenos a su influencia de hombre armado. Pero ¿ese niño no es en todo caso también una víctima de su padre, que lo introdujo en el universo violento de los fierros y los tiros? ¿Es ese un universo “infantil”?
¿Cuál sería el concepto que hay que entender? Que el que roba es victimario y el que mata es la víctima. Es una inversión radical de los actos de “matar” y “robar” y de los respectivos daños que provocan
Hay algo shakepereano en la tragedia de Moreno, algo de violencia transmitida por la sangre. Si Salinas hubiera reflexionado con un poco de humildad sobre el suceso desgracido que le tocó vivir tendría una interpretación más integral de los hechos. No lo hizo. Salinas es un ciudadano que sostiene con firmeza de cruzado ideas de barro. No tiene un solo pensamiento sobre el problema de la seguridad sino reacciones. Fue al programa A dos voces de la señal TN y, directamente, propuso un exterminio de sospechosos. Dijo: “En 1985 habría cinco casos de gatillo fácil por año, hoy tenemos mil asesinatos. Banquémonos los cinco gatillo fácil, pero no la delincuencia que hay hoy”. Consideró esa genial idea de civilidad como un riesgo que hay que correr. También dijo que le gustaba cazar del mismo modo que a cualquier otra persona podía gustarle jugar al tenis. Es un criterio rebuscado de selección por el que se podría decir -sin mentir, y sin decir del todo la verdad- que las artes marciales mixtas y el ajedrez son dos deportes.
La línea “filosófica” de Salinas es la de Baby Etchecopar, quien hace unos años también mató a un ladrón en defensa propia y en estos días en los que crece la pasión por los ajusticiamientos se pregunta a los gritos frente a su micrófono: “¿Por qué la policía no mata a los ladrones? Cuando hay un bicho que se come los huevos en el campo, lo matan”. Matar bichos. Ningún régimen verbal es capaz de resumir en tan pocas palabras semejante protocolo de racismo orientado a la limpieza étnica.
La época acepta estas ideas. Incluso las adopta de forma inesperada porque están en el aire y en la televisión industrial, que es desde donde caen en forma de lluvia ácida. Hace poco, en una reunión de vecinos de Villa Castells con funcionarios de la policía bonaerense (eso leí en este diario), algunas personas hartas de la inseguridad y de que la policía sea un ejército de zombies que están y no están (por lo general no están) deslizaron la posibilidad de armarse. ¿De dónde sacaron esa idea si no es del ambiente?
“¿Y vos qué harías si un ladrón está amenazando a tu familia en tu propia casa?”. Esta es la pregunta que busca, a través del registro del melodrama, como un spot sentimental, ver si sale a la superficie el vengador que todos tenemos dentro. Tiene que haber una respuesta mejor que: “ellos o yo”.
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