Escribe Monseñor DR. JOSE LUIS KAUFMANN
Queridos hermanos y hermanas.
Para indicar la presencia de Dios en medio de su pueblo, la Sagrada Escritura muchas veces se refiere a la Gloria del Señor. Así lo revela, por ejemplo, un pasaje del libro de Tobías: “Yo soy Rafael, uno de los siete Ángeles que están delante de la Gloria del Señor y tienen acceso a su presencia” (12, 15).
Por otra parte, los seres humanos somos tan pequeños y limitados que no tenemos capacidad para ver la inconmensurable magnificencia de Dios, y con sólo captar algo de su Majestad y Gloria quedamos profundamente conmovidos. “El cielo proclama la Gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos” (Salmo 19 [18], 2)
Dios no necesita de nada, ni siquiera del reconocimiento de la criatura, porque es perfectísimo; es el Creador de todo cuanto existe, es el Señor y Soberano, el Rey de reyes, por Quien somos amados sin medida y por Quien seremos juzgados con Justicia sin igual. Pero Él, que es Amor Infinito, ha querido manifestarse a todas las gentes para ofrecernos la posibilidad de ser felices.
Así Dios, el mismo que no tiene cabida en ninguna parte, porque todo lo sobrepasa, se humilló por Amor hasta el colmo de hacerse semejante a nosotros en todo, menos en el pecado, vivió anunciando el Reino de la Paz y del Amor; pero fue rechazado, crucificado, muerto y sepultado, para resucitar y volver a la Gloria que, sin embargo, nunca había dejado. ¡Misterio de fe!
Cada celebración que actualiza aquella Natividad de Jesús es una nueva exhortación a ubicarnos en la verdad de nuestra pequeñez, para dejarnos amar infinitamente por nuestro Dios y Señor
Cuando Jesús – verdadero Dios y verdadero Hombre – nació de María siempre Virgen, por obra del Espíritu Santo, en Belén de Judá, los ángeles cantaron a la Gloria de Dios y anunciaron la paz a la humanidad. “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por Él!” (Lc. 2, 14).
Es decir que Dios no tuvo reparo alguno en anonadarse, y hacerlo indescriptiblemente más de lo que cualquier criatura racional pudiera imaginarse. Así nos enseñó el único camino que conduce a la seguridad: “porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el ser humano a cambio de su vida? Porque el Hijo del hombre vendrá en la Gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras” (Mt. 16, 24-27).
Cada celebración que actualiza aquella Natividad de Jesús es una nueva exhortación a ubicarnos en la verdad de nuestra pequeñez, para dejarnos amar infinitamente por nuestro Dios y Señor, para ser partícipes activos en la formación de una sociedad humana más justa y más fraterna, para que nuestra vida sea una “alabanza de la gloria de su gracia, que nos dio en su Hijo muy querido” (Ef. 1, 6).
Decir “Feliz Navidad” es, ante todo, proclamar “Gloria a Dios” y aceptar su presencia salvífica en medio de nosotros.
Aunque sean muchos los que en este día repiten “Feliz Navidad”, debemos reconocer que – ¡lamentablemente! – no todos saben bien lo que dicen… es más bien una costumbre rutinaria, vacía de todo contenido; y lo único que les interesa es una suculenta comida y una abundante bebida. Es deplorable la paganización de la Navidad; pero es la realidad.
Invito a todos a que vivamos una Navidad sin excluir a Jesús, que es el homenajeado.
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